La profecía del descubrimiento
Por Antonio García Ysabal, colaborador periodístico



Agoniza el milenio en el alba de otro descubrimiento. En la quinta centuria ("Centurias astrológicas", 1555: Nostradamus) del Nuevo Mundo. Que rompe, como antaño, sobre la orilla Atlántida. Donde amanece, mítico, el ocaso del funeral milagro del lenguaje. "Hacia afuera y por adentro". En el silencio impuesto en la vigilia, con el oído en el agua o en la arena, indagando en el magma del subsuelo. Su creciente hervidero. Como Guañameñe, y su augurio a Bencomo en la conquista (que en "La mano entre líneas" -Grupo Libro, 1995: "Guacimara", Sabas Martín revive mágica, orquestalmente). La profecía del descubrimiento del bosque de la luz, su desocultación, que es sólo ciencia anímica tras infalible búsqueda, rigor de Anunciación. Del fin de la agonía de las sombras. Actos de fe escolástica, indagación de signos, empirismo, resplandor que ciega a un mundo que ¿se mueve? ajeno a las orillas del veril y a su claraboya. Que el profeta, en su oficio de luz, no de tinieblas, ausculta desprovisto de túnicas gloriosas. Pues lo excepcional, para él, no es su oficio, sino esos seres nacidos a no ver, sólo a ser contemplados. De ahí -"Nostradamus"- la fe, por lo ya visto, de lo que se verá. Cómo fija, esplendece en el "libro de libros" quien: "por señales o cálculos, conjetura y predice hechos futuros".
     Pidamos, pues, la baja del censo de las sombras, y el alta en la "Academia de la luz": méritos de marino o aparcero que otea el horizonte, huele a alisio, alza el mentón arriba: busca nubes, cabecea los ojos hacia peces o semillas abajo, en el surco del aire, de la tierra o del fondo: de la memoria, registro de experiencias. Pidámosla. Fuera del censo donde sólo un augur puede saber quién es. Puesto que la propician, y para su desdicha, llegan tarde. A tiempo de que tú, lector, en ese arduo silencio, te des también de alta en la isla insular, sólo escrita por ti. Este nuevo diario nacido con el año, en el marco de otro más ancestral. Que sólo escribes tú. Ese en que aún alienta, sueña, crece y ama  Ana Frank. Sin superior designio. Con el aval de su primera piedra, chinija, y la gran obsesión de Juan Manuel Trujillo en 1934, cuando se preguntaba y respondía: "¿Existe una tradición? Creo que sí, mas sólo dispongo de la fe, no la ciencia, para saber en cuál debemos vivir y respirar. En Canarias. Canarias, que se ignora, e ignora que se ignora". Sesenta años más tarde, ayer, leí, en tu diario: "que ya existe. Pese a la ocultación de los poderes, y de sus avalistas exculpando su estéril voracidad, trayendo a plañidera, superflua colación la frase trujillana. Cuando ya disponemos de la ciencia, y Canarias ni se ignora ni ignora que no se ignora".Hoy, aún con mayor fe. Haciéndonos más  fértiles, más libres.
     Pidamos pues el alta en el censo de señales y cálculos. Donde emerge la Atlántida y amanece su piélago. Como ayer, en el CPC, ni una silla vacía, en pie, adentro, auscultando signos de nuevos nombres sin edad (nunca la biografían), fuera del censo de lo temporal. Desde un destierro anónimo, elegido. Con Octavio Santana (y poco antes Oswaldo Izquierdo: CCPC), sus "Viajes hacia afuera y por adentro", y Benchomo. Glosados dentro (Santiago Betancort Brito) y fuera (qué incisiva, Carmen Gómez Ojea, premio Nadal): silencio de santones ocultistas. Que no están en el mapa, nos dicen sus cartógrafos. Insólitas señales de otra "Academia Atlántida" de su literatura sumergida. Donde jamás el todo va a valer, pues su magma custodia la vigilia del fuego, en el rigor profético que aventa su milagro. Su realidad, al fin, sin profecías.