El viaje, pretexto para un
redescubrimiento de la propia conciencia
Por Carlos Bosch Millares



Había leído algunas de las colaboraciones semanales que el Dr. Octavio Santana Suárez, Catedrático de Ciencias de la computación e Inteligencia Artificial, y buen amigo mío, publicaba en "El Diario de Las Palmas" y con frecuencia he comentado la densidad de su prosa, la fuerza de sus imágenes y el complejo camino de sus abstracciones intelectuales, la sinceridad de su compromiso, y la sensibilidad social ante tanto dolor, miseria o explotación.
     La aceptación agradecida de hacer algunos comentarios sobre lo que ya ha sido recogido en lo que será una publicación, editada y divulgada por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, demuestra una vez más no sólo el compromiso de la autoridad académica, El Rector en este caso, con la sociedad canaria que determinó su nacimiento, sino que representa un claro exponente de su preocupación cultural.
     "Viajes hacia afuera y por adentro", consta de LXXXVIII, o sea ochenta y ocho capítulos, que integran viajes, estancias y observaciones en los distintos países, India y Latinoamérica fundamentalmente, y unas reflexiones finales. La obra tiene unas magníficas ilustraciones de Bernardino Hernández, cuyo historial artístico está jalonado de estudios, exposiciones, viajes y colaboraciones. No soy yo quién para enjuiciar o valorar su currículum. No obstante, sí quiero señalar la gran calidad de los gráficos y su coherencia con el texto. Las imágenes de todos los capítulos parecen mezcla de realidad y ensueño, entre lo tangible y lo imaginado. La abstracción y el tiempo en infinitas olas iguales en oscuros y blancos. Se aprecia en todos ellos el dualismo del texto, lo descriptivo y lo abstracto, la figuración y la imaginación, en audaces y bellas confrontaciones, en juego de recíprocos, sin dependencia alguna. El libre juego de la mente, y la elaboración artística que se fundamenta a la vez en experiencia vivida y en abstracciones intelectuales.
     Lo escrito por O. Santana Suárez en "Viajes hacia afuera y por adentro", no tiene a mi juicio nada que ver con el clásico libro de viajes, en donde se recoge en confusa amalgama un compendio de relatos, exposición, descripción más o menos crítica de lugares visitados, enumeración anecdótica de vicisitudes y experiencias; pronto se percata uno de que el libro es otra cosa de lo que usualmente se considera como una obra del género. Para mí es fundamentalmente la unión en continuo proceso de un ejercicio de observación, análisis, y la elaboración intelectual de una síntesis integradora de imágenes y colores, causas, motivos de transformaciones y fenómenos.
     Enfrentado, pues, con la grata pero ardua tarea de confeccionar una "exégesis", de tan rico, complejo y en muchas ocasiones, difícil, casi críptico, texto, debo confesar antes que nada mi incapacidad para ejercer la llamada crítica literaria, para la que nunca manifesté aptitudes ni afición alguna desde los lejanos tiempos en que era materia de obligado estudio. No sé si es cierta la posibilidad de detectar influencias o pensamientos en el estilo, forma o fondo de lo escrito, pero tengo el convencimiento que ninguna obra, por mediocre que sea, es explicable exclusivamente en términos de foráneos influjos.
     Todo texto lleva la impronta, el "quantum" de originalidad, de creatividad, que aporta su autor. En nuestro caso, no sé si el libro de O. Santana obedece o está implícita en él la inducción de los parámetros literarios de esta o de aquella escuela, sólo sé que todo el texto está impregnado de la huella profunda de su personalidad; autenticidad, sinceridad y una personalísima introversión laten en cada frase, y colman cada capítulo.
     Es un libro dialéctico, en el sentido de que hay, como he dicho, un continuo diálogo con la realidad circundante, que él percibe, interioriza parcelarmente, analíticamente y estructura en amplias elaboraciones intelectuales esclarecedoras. No olvidemos que O. Santana es un científico que busca racionalidad, sistematización en el desorden, relaciones, conexiones en lo desorganizado o disperso, definiciones, correlaciones, raciocinio y determinismo en el caos.
     Así, en la introducción, él mismo nos dice: "dimití de la eternidad en favor de la intensidad, y avisé que entre las creencias y el caso no fracasa el encadenamiento infalible sino que están ligados por sutilezas más profundas". Para esta tarea de observación y desentrañamiento es necesario ser un elemento más del mundo que se examina, convertirse en espectador no indiferente del devenir de las cosas y de los hombres, requiere una cierta identificación con ese objetivo, y así: "¿no me disfracé a la usanza del cazador hábil que atina en el campo con las huellas de la presa?, distinguí sus aromas, desde los más leves a sus acordes más barrocos; probé que sus composturas se editan en acaeceres neutrales a mi coraje y a mi competencia".
     En toda su obra está presente la angustiosa interrogación del hombre, no sólo en el doloroso periclitar por el mundo, en sus ínfimas condiciones de hábitat y desarrollo en la India o en Latinoamérica, sino en la trascendencia de la condición humana, identificable, evidenciable bajo el manto espeso y pesado de unas aterradoras condiciones de vida. Allí, en las más insólitas y penosas circunstancias, está el hombre como protagonista, sufrido partícipe, esclavo y señor, todos aparecen inmersos en un confuso cuadro, en el que hombres y bestias, siervos y señores, están presentes en el claroscuro del hacinamiento de las grandes ciudades o en el barro en que una lluvia inclemente confunde seres humanos, homogeneizando con su incierta transparencia la desesperación, el dolor y la angustia de los que chapotean en el cieno, arcillosos fantasmas enmarcados en la obscuridad de la noche, apenas visibles desde las ventanillas de un tren nocturno.
     Y el hombre, última explicación de todas las cosas, preside el hilo del rico y dramático relato. Nada es explicable sin la conciencia humana; he dicho muchas veces que la historia natural, social, científica y hasta cosmológica, es la historia del devenir, del desarrollo de la conciencia humana. Nada más cierto aquello tantas veces citado de que la rotación de la Tierra no existió, hasta que el hombre descubrió que lo hacía. O. Santana se refiere a ello con las siguientes palabras: "Prefiero vestir en escena a la interminable sucesión de hombres, a lo ancho de la epopeya que confeccionan, como un hombre indivisible que subsiste y se instruye constantemente a la grupa de la concatenación métrica del verso organizado por aquellas palabras catalogadas -¿no es por ello que la idea del Hombre es análoga en cada uno de los seres inteligentes?. Probablemente, ni caos ni cosmos, ni por supuesto un presunto e indestructible retorno, sino exclusivamente permanencia; siempre él, siempre, prolongándose tanto que nada ni nadie lo refrena."
     La conciencia, la substancia humana es única, individual, intransferible y sin embargo, universalmente compartida: el hombre es uno.
     El libro discurre entre el diálogo intelectual, el análisis e integración en imágenes, cargadas de lo que podríamos denominar "realismo poético", cuando se pregunta: "¿la poesía acostumbrada a envainar con su ensueño las carencias, es capaz de saciar la abundante hambruna?". Se percibe, en las páginas dedicadas a la India, la profunda impresión experimentada ante la miseria, el abandono, la extrema e inmisericorde pobreza, las masas humanas que se hacinan en las aceras de las grandes ciudades, y la serenidad, el estoicismo, la resignación del ser humano indiferente y sumiso en la aceptación de tales situaciones. La heterogeneidad, la diversidad del atroz espectáculo que se repite, "en las laderas de las colinas y alrededor de lodazales insanos, que los desdichados moldean con sus pasos, casi descalzos por unas sandalias exiguas de un tinte avinado". Más adelante y después de la descripción, la abstracción, ¿Por qué otros ofician esas fuerzas inhumanas de perfiles dantescos que aplastan a esos hombres?...
     El texto prosigue en continuos contrastes entre descripción y abstracción, él mismo nos confiesa la razón de esta evasión hacia el pensamiento como consuelo ante el sufrimiento vital, "Frente a lo deforme y a lo irracional de la existencia, ¿no es más triste notarlo resbalar despavorido hacia la abstracción?, ¿debe el hermetismo constituirse en su resguardo?".
     O. Santana sigue desmenuzando, analizando la realidad circundante y haciéndose preguntas, planteándose interrogantes sin respuesta, "La demasía, el asomo: los afortunados permanecen indiferentes ante el sufrir de los desheredados, y los humildes ignoran sus lujos". No será quizás esto el gran misterio de la India, difícil de captar, que impulsa a la huida, "el punto de pánico de retorno imposible", reacción instintiva de horror y rechazo que nos conduce a la reflexión serena, o nos impulsa a preguntarnos la causa última de la aceptación de este destino individual y colectivo, la ignorante indiferencia ante lo inevitable, que marca el trágico "pathos" de esta comunidad humana, que se debate entre la atroz miseria y el sufrimiento como caminos hacia una muerte presentida y aceptada.
     El libro elude la sistematización, una clasificación por experiencias o por países. Dije al principio que no es propiamente un libro de viajes, es más bien una colección de experiencias vividas y de introspecciones. Imposible describir en pocas páginas las innumerables vicisitudes experimentadas por el autor, que no ha descuidado a pesar del carácter intelectual de lo relatado, la anécdota, el conocimiento, el descubrimiento de pueblos perdidos o de insólitas situaciones. Trinidad, El Chaco, Ushuaia, Titicaca, Cuzco, Machu-Pichu, Lima y un gran etc..., pues sería prolijo proseguir.
     En todos sus capítulos, está una vez más presente el hombre, el indio, la resignación centenaria, la aparente atonía de unas razas enfrentadas al infinito en las inmensidades de picachos y lagos andinos. El lago Titicaca, misterioso y eterno, cuna de enigmáticas civilizaciones, hipotético lugar donde floreció una antiquísima cultura de "viracochas", hombres blancos y barbudos, que conocieron el esplendor de Tiahuanaco, antes de perderse para siempre en el mar, según la tradición, y llevar su cultura a remotos lugares como la Isla de Pascua. La puerta del sol de Tiahuanaco y su arcano cosmológico, con figuras aladas al viento, presididos todos por la efigie de un dios-sol que derrama lágrimas sobre lo que, presumiblemente, es la tierra y la humanidad, ¿Observatorio?, ¿Calendario?. Nunca se ha aclarado este enigma. La totora, especie de junco utilizada para sus típicas embarcaciones, cuya presencia se ha detectado en los lejanos lagos volcánicos de la isla de Pascua.
     El diálogo toma aquí, en las tierras americanas que el autor ha visitado, un sesgo distinto; parece como si la intemporalidad de las enormes montañas, la soledad de sus páramos, la perenne quietud de la inmensidad de sus lagos, el misterioso destino de sus ricas civilizaciones, le impulse a contrastar el tiempo con la infinitud. Así se interroga, "¿Entre los pliegues de tus anhelos ansías domesticar el tiempo?. Hazlo a partir de una creencia. No te inquietes, no te pertenece. No se deja pesar ni medir, si colocas el momento en una balanza, su masa se transmutó a otro instante, y si quieres fijar la hora, ya se fue". Casi lo mismo podría decirse de la conciencia humana, creadora de todo lo observable, el tiempo incluido. La aprehensión de algo, su dominio, transforma también a su poseedor, desde el poder político a lo infinitamente pequeño, el carácter impreciso de la observación humana es continua génesis de incertidumbre.
     La angustia de vivir, el problema de la existencia de estas gentes, de estos pueblos latinoamericanos que se debaten en niveles de estricta supervivencia de unas mayorías, frente a la omnímoda presencia del dinero, la riqueza detentada por unos pocos, la profunda separación, el abismo entre las clases. "En las favelas se confina a los indigentes con unos servicios sanitarios ínfimos que no les ayudan a sobrellevar su desdicha por unos salarios casi inexistentes, constituyen una segregación residencial que rocía de obstáculos las colinas de Río. ¿Quiénes aseguraron a la muchedumbre que por su propio beneficio la depauperación que padecen es una necesidad del orden en la Tierra?". Frente al atroz espectáculo de la miseria y de la explotación inhumana de niños, hombres, mujeres..., la contradicción aparece flagrante: "El estado se define constitucionalmente igualitario, aunque en realidad mantiene la robusta jerarquía del dinero, y así, la mísera soberanía política de la mayoría de origen indígena no se corresponde en absoluto con la opulenta cúpula de la minoría criolla".
     Este periplo inacabable de O. Santana, por las rutas de sí mismo y por los infinitos senderos americanos, analizando historias y usos, prosigue prácticamente a lo largo y ancho de las tierras del Sur, "he recorrido casi por completo el subcontinente iberoamericano...". No sé si algo digno de verse haya quedado fuera de su curiosidad, al margen de su relato, las inmensidades americanas, imposibles de describir en toda su diversidad. No obstante, el libro trasciende de su propia dimensión para adentrarse en un continuo de ininterrumpida meditación, tendencia que se acentúa a medida que se progresa en su lectura. Parece como si el autor prescindiese, obviase su propia experiencia vital o la realidad
física de contactos y vivencias, para abstraerse en los profundos vericuetos de la contemplación y recreación intelectual.
     Sé por él mismo que vivió una intensa e inolvidable experiencia con los indios kunas, durante la visita a sus islas durante un eclipse solar. Especula con las iniciativas de la "civilización" industrial en las islas, arruinada y decrépita, muestra sus restos herrumbrosos alterando la perennidad del paisaje y de las playas. "Cuando paseo por el desconcierto de lo activo anteayer y hoy caduco, el ambiente de las cosas arrumbadas en la orilla del pasado regala alas a mi curiosidad, y despierta expectativas que giran sueño saciadas de episodios contados al borde de la herrumbre", y esto es así, porque la vida es proceso, dinamismo, transformación y cambio y porque "el orden de ayer fue el movimiento de anteayer...". Los seres vivos somos, en rigor, procesos remansados de una realidad en perpetuo cambio, cuyo ritmo o aceleración somos incapaces de percibir, en este alto, en esta detención más o menos duradera en el eterno devenir de los sucesos, "¿no se confunde a veces la quietud con la variación inapreciable a los sentidos?".
     Esta quietud, estos estados de calma y sosiego se perciben más intensamente cuando el vivir cotidiano individual y colectivo está inmerso e integrado en su medio natural. Tanto más pacífica y remansada está la realidad, cuanto más cercanos estemos a la naturaleza que nos engendró. Vivimos entonces entre recuerdos de historias transmitidas en pequeñas comunidades, asistimos a la misteriosa transmisión de conocimiento, que desde el origen del tiempo, en términos de conciencia humana, alimentó el fuego primigenio de la curiosidad e impulsó al hombre en su incierto y desconocido camino.
     Del impacto de la locura colectiva que representa nuestra "civilización" tecnológica, de la vorágine de sus realizaciones a un ritmo exponencial, hay testimonios que evidencian la implacable destrucción de las culturas primitivas y el exterminio "civilizado" de sus poblaciones, destruyendo para siempre un orden establecido por milenios de contradicción y convivencia. En referencia a los indios kunas nos dice: "para su colectividad, no tiene cabida ni provecho la opinión subjetiva que atentaría contra la autoridad y disgregaría la sociedad sin el enfoque objetivo exigido por la persistencia de sus estructuras".
     De un sitio a otro va el hilo del relato, el tiempo exterior cosmológico y su interiorización, nuestro "tempo" individual, intransferible, cuyo ritmo se acompasa al de nuestra vida. "Tempo" que se enlentece en los recuerdos y que acaba llenando nuestra personalidad con remotos ecos del pasado, hasta el punto de no saber distinguir si se vive más dentro de uno mismo que en nuestra relación con el mundo circundante. "Diálogo con el hombre que siempre va conmigo", parece ser el lema machadiano que da contenido al libro.
     Desde las ciclópeas ruinas de Tiahuanaco a los profundos enigmas de la civilización maya, en su más pura expresión del "período clásico", las pirámides, estelas y adoratorios de Tikal, el misterios de sus glifos, testimonios de un pueblo de sacerdotes-matemáticos-astrónomos y arquitectos, constructor de ciudades-oratorios, en donde se observaba el cielo, las estrellas y su eterno deambular, plasmándose en cálculos asombrosamente exactos sobre el año astronómico. Persiste el misterio sobre sus causas, ¿necesidad de programar siembras y cosechas?. No se sabe con exactitud cuál fue el motivo de la construcción de observatorios astronómicos prehistóricos, que desde Stonehenge en Inglaterra a las civilizaciones precolombinas continúan planteando apasionantes interrogantes
     Cuba es la última de las tierras americanas que aparece en su libro. Una vez más, asistimos a la dualidad del relato, de lo descriptivo de su peregrinar por las viejas calles habaneras, tomando nota de las gentes, del habla, de los lugares, se pasa a la inevitable evocación histórica, más familiar en este caso, el esfuerzo del pueblo de Cuba por lograr su auténtica independencia, lucha que en último término explicaría todas las vicisitudes político-sociales de los últimos tiempos.
     En la absoluta imposibilidad de reflejar en estos comentarios toda la riqueza de observaciones y de introspecciones que Octavio Santana desarrolla a lo largo de su peregrinar por fuera y dentro de sí mismo, sirvan de colofón a su extenso periplo americano las palabras de Simón Bolívar a Campbell, "Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia para plagar la América de miseria en nombre de la libertad".
     Y si la eterna senda del conocimiento ha de conducirnos a la verdad, que es en realidad un límite inalcanzable, infinitamente próximo pero distante, como una serie numérica a cuyo límite siempre nos aproximaríamos sin aprehenderlo nunca, del mismo modo la pretensión de lo absoluto en la verdad, la belleza, etc..., nos conducirá siempre muy cerca sin alcanzarla. El esfuerzo no es baldío, y el desarrollo de nuestras capacidades en esos sentidos nos han de situar en atalayas mejor dispuestas, con más perspectivas, más integradoras y a la vez más extensas.
     Al final de su deambular, nos lleva O. Santana a las cumbres de nuestras islas, a la paz preñada de reposo en piedra y en silencio de las Cañadas del valle de Ucanca, en donde al atardecer, la noche contacta con el infinito; "En este panorama de horizontes torcidos, recordé que el revoltijo de oraciones a la deidad, el miedo a la eternidad del submundo y los parloteos interminables de las criaturas acerca del temperamento del cosmos, del temple de la vida y su origen, y del sello de la muerte, trajeron del brazo a la civilización."
     En la naturaleza atormentada de nuestras cumbres, ante "la vasta perspectiva arrugada que zambulle su frontera extenuada en la leyenda del mar. ¡Tremendo espectáculo de gigantes!", descubre cómo "La sobrecogedora naturaleza erige insolente sus formas erectas; la erosión desvistió de su músculo de tierra a la piedra, y ésta quedó desnuda al sol que la calienta, a la lluvia que altera lentamente su faz y al viento que ultima su próximo semblante".
     Parece un trasunto pétreo del destino humano, cuyas transformaciones son más rápidas y perceptibles, pero que también definen nuestro periplo vital, como un progesivo despojarnos de convencionalismos, arrojando lastre por la borda para poder elevarnos y llegar "ligeros de equipaje" a nuestro ineluctable enfrentamiento con la gran igualadora, allí donde se acaba el tiempo y donde "el presente no es mas que lo acaecido caducado, y contiene asimismo el germen del futuro", ya no tendrá vigencia y de nosotros sólo quedará el recuerdo de "las materializaciones esculpidas o pintadas que substituyen a tu realidad evaporada".