En Cartagena de Indias, la riqueza
trajo del brazo a la fuerza,
aunque fue en el ocaso
donde se concretó mi calma


Es verdad que la labor del hombre puso en fuga los brazos del mar que afirmaron al lugar desgajado en islas, pero en ese período trabajoso y de protección insegura la ingeniería militar peninsular sintió la premura por marchar a tierra firme; descubrió en el Cerro de San Lázaro una finalidad estratégica y cubrió con una fortaleza la montaña. De la anterior oportunidad en que recorrí sus adentros, la majestuosidad estática del Castillo de San Felipe de Barajas impresionó a mi emoción cinética. En la sigilación de sus corredores planeados en forma de laberintos, oí conversaciones ajenas a gran distancia por un fenómeno de la acústica que se cumple en sus pasadizos. Asomado en la parte encumbrada distinguí, erigida a la altura de la calle, la estatua del tullido Blas de Lezo: pata de palo, manco y tuerto; con la espada sostenida en actitud de batalla en su mano izquierda, el héroe hispano hasta ahora mantiene a raya la hipotética invasión. La artillería apunta al Este y no descuida el Norte ¡Vernon!, ¡qué amarga fecha la del 20 de abril de 1741!, la osadía del general inglés al despachar a Londres la noticia anticipada de la victoria agrió todavía más su derrota cuando intentó el asalto al baluarte, ¿qué dosis respectivas de profesionalidad y vanidad intervienen en estas acciones? Junto a los resquicios de piedra, el soberbio pasado y la hermosa panorámica de la Cartagena americana se adueñan de las charlas y retienen el mutismo. Hace ya mucho que los cañones persisten callados y por las rampas del bastión no desfila más la soldadesca; hoy pasea gente tranquila en busca de un sosiego que recala de aquellas épocas de gritos proferidos en las inquietudes armadas por conservar el poderío. Y es que, como por lo común la paz viene atada a la consideración de la fuerza, la Defensa hubo de ganar el reconocimiento de su carácter inexpugnable. En los momentos en que regreso al impetuoso monumento, al dorso de los años, gozo de una pasión similar a la penetrante turbación que caté en la Habana frente al Castillo del Morro ¿no tuvo algo que ver en la imagen aquel idéntico sinfín azul, igual de sugerente?
     Las riquezas en efectivo de aquí procedían del sur. El tráfico terrestre, a lomos y a tiro de bestias, era habitual a través de Pastos y Popayán ¿Y el desvarío anhelado de surcar un océano y a continuación el otro?, un fraile español que fue párroco de Nuevitas faenó con sus indios en la dirección de tal posibilidad: unió dos flujos dulces que salan sus aguas en las inmensidades líquidas de ambas orillas del continente recién franqueado. Los barcos de la ruta de los metales preciosos dejan atrás el último puerto importante del Pacífico, Guayaquil, y suben por el río San Juan; con el auxilio de barcazas se transporta la carga valiosa a las naves que aguardan en el linde de la corriente del Atrato. En 1788, aquellos pioneros de la quimera dorada alcanzaron el Atlántico y atracaron en el más preciado enclave fortificado de las Indias. Porque es irrompible la atracción que siento por observar en el mundo los modos de la existencia inteligente influidos por los hechos que se dieron, sueño con que en alguna ocasión yo practique ese trayecto; no me obsesiona el retiro, aprovecho su presencia -disculpa mis pausas de vuelta al interior-; en esas recónditas reservas, extraigo del equipaje ligero un libro de historia o de antropología -son mis aficiones preferidas.
     Insisto en que a despecho de las citas referidas, estoy menos inclinado hacia lo acaecido que del lado de lo que ocurre -me interesa de veras lo permanente. "Las personas son lo que obran" -leí próximo al borde húmedo- allí mismo seguí la aseveración en aquel atardecer, y alquilé diligente una perezosa en Bocagrande; en realidad, no aprecié otra gana distinta que la de soltar el cuerpo cansado en la agradable laxitud del calor caribeño disminuido a esa hora. Al cielo lo encontré en su juego, a escondidas de miradas indiscretas detrás de una quieta masa de vapor gris; la extravagante explosión del rojo destaca su agonía sujeta a la costura abierta en la textura tejida de nubes; por su encandilante parentesco con el mediodía, la menguante luz resiste la contienda del desalojo y se obstina en el claroscuro. A pesar de la naturaleza efímera del suceso, aspiro a hallar escrito en el hueco púrpura la manera en la que quiero vivir: con el vigor de lo que está y está en trance de no ser más; llegar a desencajar la ufanía del papel que apetezco para mí, completaría ciertamente el viaje. Recuerdo que en ese rato logré conciliar y contener los conflictos ¿no refrené también las tendencias centrífugas?, el ánimo excitado antes devino después de las reflexiones en aliento moderado. El día y la noche, a lo largo de unos instantes, compiten en una partida comprometida; la confusión no consigue desatarse ¿no advertí acaso la sensación a mitad de camino entre lo magnífico y el trato frecuente?; por esta cara, la secuencia predecible resuelve la crisis -apenas noté consecuencia alguna. Quedé aún un poco más recostado y contemplé cómo la jornada conclusa esgrimía, por postrera vez, sus derechos sobre los colores insinuantes de principios de agosto, y ensimismado, fui testigo del oscuro al imponer el negro su abandono a la fantasía fulgurante reunida en el crepúsculo. La duración calma de esos mágicos minutos, medida en la posesiva soledad, guarda una proporción progresiva con la profundidad de la maduración del alma. Me satisface la separación precisa desde la que he identificado el estremecimiento, del pacto con mis semejantes no ansío esa cercanía -no deseo constar en las listas de los capturados-; es difícil explicarlo a quien no lo haya experimentado: lo decisivo a punto de sobrevenir, y sin embargo, únicamente el silencio acontece. Ojeé el reloj, ¡qué rabia!, ese instrumento exclusivamente pesa un tiempo lineal, y por tanto, transpersonal; ¿quizá bajo su perspectiva monótona se perciba nuestra vulnerabilidad?, ¿en el reflejo de la más íntima condición humana?, ¿la individualidad?