El tiempo en Cartagena de Indias
no sufrió el hurto del ritmo


¿No es ciertamente un esfuerzo irracional el que hago al tratar de reencontrar en los mágicos rincones de la ciudad cercada el aliento que dejé inadvertido cuatro años atrás? De momento en momento, contengo el peregrinaje por sus calles absorto en un rapto de profunda ensoñación, y admiro en un silencio íntimo el porte con que la plástica consume su papel tendida en el variado colorido y prendida de la luz. La gallardía, agarrada a las magníficas puertas, se extendió en el tiempo secuestrada y la seducción aguantó atrapada tras las bajas ventanas. Por todas partes consideré bien resuelto en las fachadas solariegas el ejercicio de las activas consecuencias de la armonía. Y no me fue extraño reconocer a la propia fantasía que ajustó sus faldones en los sugestivos balcones y asomó sus alegrías a la vida corriente desenvuelta en aquellas vías ajustadas. Cuando la ruina se presentó en las viviendas rancias, la intemperie desconchó con audacia las paredes y los quicios, y arremetió contra la carpintería en una voluntad por arrastrar la generosa diversidad de lo bello a la agonía común del disgusto estético ¡Cómo matiza los materiales restaurados o gastados la impetuosa claridad que proyecta el sol de justicia al término de julio! El vigoroso calor se estrecha en la angostura de las carreras y así se consigue que su tórrida espesura no derrumbe al viandante; con una intención convergente, la orientación inteligente convirtió las travesías en el cauce adecuado a la brisa ¿no se obtuvo de esta forma que el soplo salado suavizara la temperatura del trópico? A pesar de tales previsiones urbanísticas, en más de una oportunidad me resentí de ese ardor; busqué refugio en la medialuz que ampara sus orgullosos corredores de madera y pude, al extremo de su larga fila, a veces descubrir el mar y otras reparar en la muralla.
     Las bóvedas que atraviesan el talle del viejo enclave dieron cobijo a los esclavos africanos mientras perduró dentro la compraventa humana, ¡y pensar que esta bonita capital fue el centro más valioso del vil negocio! Hace mucho que se desvanecieron los residuos emocionales del odio y la crueldad, la violencia de esa época se trastocó en la paz lenta de las horas que hoy señala el reloj de la torre ¿No había echado la noche ya un buen rato de su oscuro encima del día en el instante en que el cochero indicó en lo alto la veleta?, el hombre de las riendas anunció mudo la conclusión del paseo, y ahí mismo detuvo completamente el trote retenido del caballo. Me maravillé sin recato del juego de sombras en los nobles pedruscos que padecen al fuego del astro el dolor de la gravitación y parecen, en esos sosiegos de incendio eléctrico, estar descansados del peso por el aire.
     Medido sobre los anales de Occidente en América, muy pronto los conquistadores comenzaron a reexpender desde la Cartagena de las nuevas tierras hacia España una gran utilidad en tesoros. Los astutos dueños del Caribe practicaron el impulso de la codicia que dirigió sus denuedos en la acción de vaciar de opulencia este hermoso lugar; las crónicas recogen la fiereza de las repetidas irrupciones con que asolaron su rica despensa de fortunas. Los piratas franceses Baal y Cote en 1543 y 1559 llegaron con sus barcos, el corsario inglés Hawkins arribó en el 68; también recaló Drake, y los navíos bucaneros de Pointis y Ducasse vinieron hasta aquí al objeto de reunir el botín ansiado. Felipe II se percató de la importancia estratégica de la plaza -control de ese trozo del Imperio- y mandó construir el cinturón de piedra como protección frente al asalto: las obras se iniciaron en 1602 con la edificación del baluarte de Santo Domingo. En la esquina de la mente donde resguardo del olvido la sensación que amansa el espíritu, guardo aquella tarde de caminata en derredor del recinto delimitado; el agradable vientecillo y el esplendor despejaron en mi conciencia la inecuación de que la exclusiva finalidad defensiva del escudo no alinea en riña su carácter militar de bastión con la gracia hallada, no reclamada, de la esencia del arte.
     Senté el agobio del mediodía siguiente en el favor de la umbría plantada en la Plaza de Bolívar. Medio adormilado por la hoguera que se quema en el ascua gigante y la digestión del almuerzo, confié la mirada en el arrogante portal barroco del Palacio de la Inquisición. Al poco noté un cosquilleo en la lógica, y fue porque la hechura soberbia trajo a la razón de la mano de la lectura el triste remate de la biografía de Luis Andrea. Al mulato, caudillo de cautivos huidos de sus amos, lo apresaron y ajusticiaron los raquíticos intereses ortodoxos de la institución ¿La acusación?, culto a un demonio de nombre Buziraco ¿El feroz castigo de muerte a los cimarrones acaso no declaró a la rebeldía su naturaleza de advertencia monstruosa? Durante unos minutos quedé sumido en estas reflexiones; entretanto, la atenuación del rigor produjo el efecto del refresco. Aproximé entonces mi fascinación a la Catedral por su factura, que se me antojó a modo de fuerte, ¿no distinguí incluso una garita para acechar al atacante? Después que recorrí la iglesia de San Pedro Claver y la de los dominicos, vi esa curiosidad tomar la perspectiva de lo frecuente, y es que en esta población fortificada, los espacios de adoración, en ocasiones, desempeñaron la ventaja del parapeto.
     La historia mezclada con la leyenda determina ahora y en este pasaje de ilusión una realidad con sabor dulce que bulle en la proporción vivaracha de la música cartagenera. Esa fue la atracción que me decidió a distraer el primer negror en una amplia ronda por la orilla de aquel océano. Allí y más allá escuché a grupos que cantan y saben expresar en el ritmo del vallenato su sentir con el rascador, las congas y el acordeón; recostados en las perezosas, los oyentes componen corros alrededor de la cadencia y celebran con tragos de ron las melodías pegadizas. En mitad de la madrugada, la fatiga admitió en su lecho al sueño y oí por última vez el murmullo de las olas confundido con la sonoridad de los instrumentos y la voz.