¡Qué suerte tienes Luna de
navegar libre por este mar dulce!


La conducta electiva que he ido desarrollando desembrolla los hilos de los entrelazamientos enredados en los errores de la mente y tiende a hacer aún más probable la meta más probable -la lucidez- a pesar de que no llega a convertir en firme su arribo; sin embargo, opino adecuadamente fundamentadas mis decisiones en torno al tipo de vida que prefiero gracias al discrepante punto de mira con que apunto, obligado por las nuevas perspectivas que influyen en mi manera de recapacitar; ¿dónde encontrar las pruebas que garanticen su cercanía a la verdad?, ¿quizá en los reflejos de mi personalidad tumbada a la sombra de los modos extraños?
     Ciertamente, no asisto como espectador impasible a lo que acontece en el entorno, sino que participo de la experiencia con la ebullición del discernimiento porque la actitud ya se hallaba con anterioridad; si suelto las cinchas de la consideración teórica mientras observo a quien maneja la barca, se alterará la visión atrevida y locuaz de la percepción, ¿cómo menospreciar la clarividencia que resguarda de la intemperie la frescura tersa de su substancia? Los detalles que atan la información explican más que enseñan y son callejones sin boca en los que se extravía el espíritu inmergido en un pasaje al menor sentido; por este motivo, voto ceder el lastre anecdótico y ganar en la comprehensión que enseña más que explica. Trituro a conceptos mis impresiones con el medio; es que sé con certeza que Bolívar Luna y yo somos desemejantes -no desiguales-; la discriminación que se nota proviene del grado diferente de la instrucción permitida y no de la idéntica esencia recibida que nos obró hombres. El camino que he de andar no va de la complejidad propia de mis pautas a la simplicidad de la inocencia -¿qué utilidad tiene golpear con el martillo al lado del clavo para restaurar el puente demolido por la complicación?-; más bien se debe seguir la dirección de la mayor intelección -se muda solamente de prisión, pero es más tolerable. La prohibición que he padecido al especular en estos asuntos, con los años, se ha dado la vuelta como un guante y presiento su asomo exigente: no permanecemos indefinidamente; en cambio, las estructuras que nos encadenan aguantan más los embates del tiempo. Me fijo, desde entonces, en las opacidades del miedo que danzan frenéticamente en el interior de mi bóveda craneana ¿no será la atención que les dedico la razón que les confiere su existencia?, ¡sublime intento de escabullirse de la trampa suspendida entre la materialidad y la imaginación!; en cualquier caso, a determinadas situaciones tranquiliza desgajarlas del flanco del aprendizaje y atribuir la cantidad verosímil más grande de su responsabilidad a lo heredado en los genes ¡Qué astucia la de naturalizar falsamente una cultura ejercida!, ¿la tentativa de culturizar una naturaleza defectuosamente comprendida no es desgraciadamente la misma argucia invertida? El individuo del poncho gris persiste aspirado alrededor de la laguna, donde la muerte ha cavado las zanjas que trazan la textura histórica de sus ancestros sobre el flujo continuo de las generaciones -los que fueron terminaron su curso y dejaron la síntesis de sus juicios en las costumbres. Su relación con los elementos más que de semejanza es de contigüidad, su expresión se apaga cuando los ojos del agua sellan su sueño en la superficie. El símbolo me cautiva y actúa como un espejo en el que distingo devueltas unas formas queridas, el embrujo emana de la incapacidad de identificarlas completamente.
     Lo singular ha de perpetuarse en su maduración subsumido en lo universal -¿embutido en una única ley globalizadora?, ¿en qué lugar he oído esto antes?-; mi pesar es que acaso no podré interpretar, si cargo la mano con la generalización, los incidentes menudos ¿por qué no he escuchado jamás que esta pretensión es perniciosa? No he deseado nunca postergar el cuerpo a cuerpo con el desconocimiento y la duda acerca del comportamiento humano a la época en que disponga de más datos y más horas, porque no creo en la licitud de disimular la fuerte pasión de libertad de la formulación provisional, aunque la encuesta sea hasta ahora fragmentaria ¿La escapatoria particularista no acopia en las vísceras la sospecha de su función contable sobre la que se lleva a cabo el inventario socarrón de todas las disparidades para que las similitudes escondidas no floten? Estos pensamientos no han venido a sentarse junto a mis sentimientos una vez, sino una y otra vez en el instante que el resuelto esplendor del sol se echa en falta y la controversia que mantiene con la suave luz lunar no prolonga mas allá del límite concebible la caída de la tarde. Traigo seguro conmigo el juego de las contradicciones: el calor detenido y la lluvia con el viento, el día y la noche, la compañía y la soledad, el ideal y lo inmediato ¿Es posible que la figuración que construyo apuntalada con mis representaciones sea una parte importante de la realidad?, este estilo de catar las cosas no ha avanzado exclusivamente a través del derrotero de lo afectivo, también ha recorrido la vía de lo intuitivo y lo reflexivo.
     La fermentación de lo ocurrido no se cierra en el momento en que salgo del viaje; habitualmente, en mi cuarto de estudio, la sonoridad distintiva de Bach con sus relatos finitos e indeformables supone la tela de fondo en la que urdo la reorganización de mis meditaciones. Siempre acabo descubriendo el residuo de insuficiencia en la significación ¿no demuestra ello inequívocamente que el final de la sensación buscada no estaba allí?, el recuerdo comienza entonces a enturbiarse y a desaparecer ¡Queden aherrojados los odios raciales y sociales, y marchita la verborrea de los necios subidos a su superioridad! En la receta que cura la ignorancia, leo explícitamente: respeto libre de prejuicios.