Bolívar Luna, el barquero de La Cocha


El vuelo de Leticia se detiene largo rato en Bogotá y con la noche encima vuelve al sur; más cerca del Pacífico, aterriza en Cali. Recorrí, en el rapto del oscuro protagonizado por la electricidad, aquella ciudad que iniciaba su sueño diario ¿es posible captar las intenciones de la gente y los contornos de sus calles con tan débil iluminación? Me apresuré a buscar asiento en lo que parecía, a simple vista, lugar de esparcimiento de estómagos, pero en el Grill Mexicali no permiten la entrada sin corte femenina; ¿qué carne se come?, pregunté, "al lado se alquilan, señor", me aseguró el portero uniformado que vigila el extraño asadero; ¡oiga!, insisto ¿el ardor es de brasas?, no, de parejas, respondió impertérrito desde la puerta -raro  diálogo, grill por aquí y en esos momentos ha de significar otra cosa, pensé. Sacié mi voracidad y parte del tiempo mientras regresaba al hotel -falta poco para que comience el despertar de la agitación. En el clareo de la jornada, durante la extravagancia de la luz aún sin cocinar, despegó nuestro avión para Pastos -más al sur.
     Diviso, a través de la ventanilla, el encumbramiento del minúsculo aeródromo en grave contraste con el vacío inmenso que lo rodea. En ese día, la mañana vibra por el calor del sol de estos parajes donde los opuestos son gigantescos, aunque se me antoja que guardan unas relaciones celosamente refugiadas en la íntima resonancia de sus abismos. Un paisano de esta tierra
me inquirió burlonamente: ¿Sabe usted qué diferencia hay entre una línea aérea europea, norteamericana y la colombiana? La primera le lleva al Viejo Mundo, la yanqui al Nuevo Mundo y la de aquí al otro mundo, contestó ante mi actitud perpleja. En honor a la verdad y no al chiste, el difícil descenso sobre el lomo de los Andes sacudido por vientos sin doma y sin dueño confirmó, en el segundo intento, tanto la pericia de los pilotos como la confianza en la compañía nacional. Por el miedo experimentado distinguí la hechura de mi estructura cuando ésta sobrevivió a la profunda antipatía entre el deseo de ordenamiento propio de la seguridad y el acontecimiento que puso de manifiesto mi fragilidad ¡Cómo he corrido detrás de mi sino con el ánimo de llegar a aprehenderlo!, no lo logré jamás, porque continuamente marcho subsumido en mi historia particular.
     Ya en los alrededores de la población, el verde de los valles asciende y se instala en las laderas de montañas, la tonalidad dispar compone un ritmo sosegado y salteado de escuetos espacios ocres como silencios temporales de pastos en descanso. Almorzamos al borde de la laguna La Cocha, dimos buena cuenta de unas deliciosas truchas, y es que el hambre engulle al exceso como el hombre abarca a la hembra: extenuándola. Enfundado en un poncho, el barquero anuda a su calma la extensa secuencia de desacuerdos entre libertad y solidaridad que ha entristecido su semblante -sus signos estimulan la percepción y agudizan las facultades intelectuales que proporcionan garantía a los juicios cuando éstos han vencido su comprensión. El trato amigable y algo de dinero convencen a su espera y aflojan la atadura de la lancha al hierro que el agua blanda herrumbra. La brisa apasiona la superficie líquida en olas, sus salpicaduras mojan el aire y gotean en nuestros rostros; la agilidad de Bolívar Luna evita que más del tributo necesario entre en su barca y ahorra frío superfluo al conocimiento satisfecho en el trayecto por quienes aman estas encrespaciones. Me conmueven la delicada unidad de la humanidad que subyace en la enorme multiplicidad de sus anhelos y, a la vez, la diversidad de criaturas que señalan la fuerte homogeneidad de sus finalidades. Bolívar es un apellido demasiado grande para alguien que se pasa la vida aguardando a que alguien arriende su servicio de paseante lacustre ¿habrá contribuido a modelar su personalidad esta coincidencia, valorándose cabalgador del mar encerrado? Me cuestiono si es factible clasificar a mis semejantes o solamente nombrarlos, ¿nominar no es una manera de encasillar? Me acuerdo de cómo se llama menos por identificar al individuo que motivado por asociar su figura a mi sensibilidad tendida sobre el gris gélido de aquel sitio ¿En qué grado han de participar la locura y el genio para desgarrar la tela de duda con que se amarra el sigilo a la soledad?, la plasticidad e indefinición de la naturaleza humana obstruyen la mente del geómetra que se proponga explicar la conducta según rectas, planos o volúmenes; las concepciones tan profusamente coloreadas por formas y fórmulas han de aceptar la consigna de la tolerancia para que puedan ser aplicadas a las personas. La totora que madura junto a la orilla ofrece el sentido de dilatar la abundancia inquieta mas allá de su marco hondo, aunque en absoluto apacigua tanta violencia ¿no sujeta acaso el encanto cuando mece su endeblez dócil al aire viajero y al agua en movimiento?; la margen, donde las crecidas invaden y fecundan la tierra firme, es el pasaje propicio en el que las imágenes rebeldes al decreto lógico quedan trabadas a las ideas en el camastro construido de agua y barro.
     En razón de que no aspiro a ser el sepulturero de mi destino -orientado por el mensaje vital-, escribo todo esto, como lo hago, para arrancar del olvido y acomodar en el entendimiento aquello que he reconocido en el padecimiento del prójimo; el propósito de la expresión no ha sido ajeno a que los demás sepan de mi emoción afectada por la mirada que he echado próxima al alma. Preciso publicar con urgencia que todavía ando vivo, y descubrir que mis palabras no han adquirido la dureza insensible para declarar lo que siento y aún presiento. Únicamente es la soberbia que mantiene tenso al espíritu, lo juro, la que yace herida; ¡no debe morir, ni ser muerta completamente!, porque... ¿cuál sería entonces el alimento de mi aliento en sus horas bajas?, ¿en qué lenguaje revelaría las ansias de amplitud y del ser que pretendo ser en el aguaje de las existencias?