En el país de la cumbia vi
a la paz dolida, escondida
detrás de la justicia herida


El palacio fundado para repartir equidad a todos se abre a la plaza principal de Bogotá, allí el Libertador asistió en la mudez de su escultura pétrea al espanto del rugido de los cañones que destrozaron su fachada por el empeño en el desalojo de los guerrilleros -en la época en que erré por aquellos alrededores, la gruesa pared gemía de agujeros y desconchaduras. El Parlamento se levanta enfrente de la Justicia ¿Dónde ha hablado alguna vez este pueblo callado y agachado?, por estos derredores, la razón se dio cita en las embocaduras de las pistolas y ametralladoras; cuando la faena es bastante, los intrigantes se reúnen en torno al orden de la dinamita. Son los argumentos que derrotan esperanzas y arrancan las cabezas de las gentes sencillas y de venideros presidentes ¿no se obtendría una perspectiva más amplia de la existencia si los que ocupan los puestos desde donde se rigen los destinos dejasen de hostigar con la amenaza estéril y desnuda de la represión?, las acciones nefastas que infligen no alcanzan jamás a reparar la armonía global perturbada, ni compensan a la fuerza trascendente disminuida. La regeneración que continúa pendiente grita con descaro que no es asunto bien visto por el odio, ni es posible que su logro contente a los privilegiados, tampoco aparece por completo como práctico ¿sobre qué hombros se arrojarán entonces la ignominia, la sinrazón y la cobarde tranquilidad? Cuando el ser humano dirige su pensamiento con el éxito de la flecha del cazador ¿no se estarán precisando detalles de lo creado? -¡son tan raras esas ocasiones! La Catedral acoge en su claridad íntima al horizonte negro de los ávidos de acuerdos y ahítos de reservas rotas por demasiadas promesas, hechas a sabiendas de la mezquindad con que se llevan a efecto sus preceptos. El mérito religioso y el prestigio social dialogan seguros de sí mismos en las puertas del gran templo, del lado del bullicio. La historia rebajada de panoplias toma asiento en la Casa del Florero, es una bella casona blanca situada en la mitad del camino que nace en el sigilo de la construcción dedicada al culto y se detiene en el quicio de la incertidumbre donde los hombres dictaminan como dioses; ajusta el perfil que se muestra a Bolívar en forma de esquina y el vistoso balcón ciñe a media altura su anguloso semblante, agotado por los recuerdos injustos entre rezos y sentencias ¿Qué esperan los indeseables?, ¿un pedazo del botín de sus dueños?, ¿buscar en los desperdicios?, las excrecencias de lo sagrado son asimismo sagradas. Debe de ser en los ruidos de las sonajas donde encuentran las criaturas un fondo fijo para la idea de sus sinos predeterminados ¿no es quizá otra música la que impele a las personas al unísono con el universo? Por detrás de la violencia se asila la paz dolida, fue al seguir esta aseveración cuando hallé el claustro de San Agustín. No es probable que olvide la calma serena arrumbada en sus arcos rosados, el empedrado del patio que guarda la fuente cantera en su vocación de centro, las vasijas cocidas que soportan los rincones y sus hermosos faroles de hierro trabajado; el suave aroma y el placentero sabor del café, preparado a la manera de Santa Fe, remansan el ánimo del viajero excitado por la dislocación de afuera.
     En Tunja, próxima al parque, en el refugio dorsal de una mansión de abolengo muerto por los nobles idos, hay una estatua en un surtidor redondo que señala silencio como recomendación de prudencia a las mujeres en sus chismorreos por la demora -¡cuánto tardan los chorros en llenar los cántaros! Mientras vago por las cercanías del mercado administro el tiempo en la contemplación de aquel que distingue las plantas medicinales y descubre el porvenir de sus consultantes; me agrada examinar sus pies descalzos en contacto directo con la tierra, desafían a la parte ocultista de las emanaciones facilitadas por el agua que impregna el suelo. La magia, apuntalada por sus recetas y secretos, puso hace mucho un poco de concierto en el conocimiento balbuciente, pero ha tenido que aguardar a la ciencia para descabalgar a las divinidades del asidero de sus recurrencias; en esta gesta, las fórmulas fueron condenadas a la lógica y abandonaron así el encanto del canto y los gestos. La visita a la Catedral de Sal vació mi retina de la luz que prende de día en Zipanquirá, la débil iluminación interior vela su anhelo de espacio en la oscuridad dura arañada por la persecución del mineral. Este recinto, que hoy es de paseo recogido y entretenido por la exposición de figuras piadosas, fue en su apogeo origen del sudor y el desencanto nutricio por una paga exigua ¿Para que el tormento amanse la rabia que carga dentro, han de amasarse unidos y durante largo rato el barro y la tristeza?, ¿convirtiendo en místico el ámbito del hambre, las ganas de alimentos se vuelven ansias del espíritu? Siento, como en el sueño, las coincidencias del pasado y el presente confundidas en este círculo sobre el sombrío futuro, deshecho por momentos en las frentes penitentes de los devotos que deambulan por la estancia ahora consagrada; aquí al ayuno de la Cuaresma no le siguen las "medias noches" en Pascua. Las turgencias de las palabras podrían adivinarse en el hálito de la voz conminada a la discreción por la abundancia de aflicción sin nombre. Alguien me contó cuando estuve en Chiquinquirá que allí algunos andan dotados de cuatro manos: las artificiales son de maniquí y salen del poncho junto a la barbilla en disposición orante, mientras las verdaderas hurgan en los bolsillos de los fieles que ruegan a la Virgen por la satisfacción de sus solicitudes -la denominación del lugar viste a la famosa imagen venerada.