En Bogotá, los cirios amansan las ansias y
consuelan a la rabia muerta


Diría que fue ayer mismo cuando aterricé tan al norte en el subcontinente suramericano -el avión hizo escala en Caracas. Retengo de allí la primera sensación física de la deriva monetaria de estos países; repasé en las Casas de Cambio las cotizaciones de sus monedas y anoté el hundimiento general. Aún no conozco la nación del joropo, sin embargo, la percibo próxima a mi historia por los recuerdos enganchados a los cuentos que de siempre oí. Del Este viene el amanecer que recupera al disco dorado del hurto de la noche, el astro no cree de importancia augurar que tres años más tarde mi curiosidad insaciable por descubrir recorrería las aceras y observaría en las facciones de sus habitantes los brotes de infortunios por una administración maltrecha ¿dónde se instalan los muchos licenciados que obligan a sus pueblos a parecer sentenciados?
     De Colombia se sabe muy poco en mi isla. Si donde nací comencé a descifrarla se lo debo al agrado de una señora compatriota de la cumbia. Me habló del sentimiento y del carácter de los suyos, de las estribaciones andinas abiertas en abanico -suspiro y descanso del dorsal arrugamiento telúrico- y de los bailoteos en la costa -escuché su música dulzona en Cartagena de Indias. No paró de rememorar, por encima de cualquier consideración, a lo largo de aquella mañana espléndida en la que el sol de octubre agotó la charla, el miedo que sufrió de niña por la ira que tomó asiento en los gentes de su ciudad; repetía el mensaje monótono: "no pases por allá de la Calle Diez". A la decena que conceptúa extraño a un guarismo y muda a dos, varía en el urbanismo de la urbe su quietud aparente a furia con disfraz quitado.
     En Santa Fe de Bogotá aflora la violencia por todas partes -el ardor que se adivina no entiende de distritos. Las conductas torcidas devienen de la profunda contradicción planteada entre la estructura de su población y los brazos del trabajo. El estado se define constitucionalmente igualitario, aunque en realidad mantiene la robusta jerarquía del dinero, y así, la mísera soberanía política de la mayoría de origen indígena no se corresponde en absoluto con la opulenta cúpula de la minoría criolla. El injusto orden social y racial pilla, a modo de argumento, las diferencias y acrecienta las desigualdades ¿no modifica, según la ascendencia del individuo, el sistema selectivo reinante la malla del cedazo? El hambre y la pobreza salvajemente desterradas del corazón de la metrópoli arrastran en las callejuelas de los suburbios la secuela de una demografía pululante en expansión constante; las luchas y esperanzas rotas de sus moradores los educan temerosos y recelosos, víctimas de la propia gradación de valores llevan en la frente la marca del fracaso. Sus comportamientos obviamente no expresan conformidad con la honda disparidad en los estilos de vida -compra de lo dispensable por los que residen afuera de los espantosos guetos, a expensas de privar a los de adentro de sus productos indispensables-, sino postura en acecho de oportunidad ¿Cabe esperar en una época futura la adquisición de la capacidad de organizar una conciencia colectiva de destino y de defenderse contra las discriminaciones con un acuerdo de proyecto por la emancipación?, la hora en la que los desdichados estimen cumplidos sus anhelos se aprecia lejana, porque es bien claro que la falta de recursos veda a la posibilidad ¿no es un genocidio sutil el trueque del peonaje por deudas?, ¿acaso esa relación no es vecina de la esclavitud? ¿No retrocede con excesiva lentitud la ignorancia en los territorios de la indigencia?, la cultura -suponen los planificadores incapaces- multiplicaría sus ángulos de visión y cada día poseerían una noción más precisa de sus fuerzas que por ahora erran dispersas por la capital entreteniendo la existencia con el robo, el engaño y la agresión. Se trata de una posición de apatía, por el momento, quizá oculte una potencia estremecedora, ¿sería concebible, si se dieran las circunstancias de la debacle, predicarles paciencia y benevolencia? Los conflictos económicos de los marginados se zanjan por medio de pactos penosos ¿y luego...?, nuevas disputas de idéntica índole invalidan los acuerdos, ¡qué difícil es que acepten la brutalidad de la norma!, se distorsionan el proceder y las desesperanzas de los inopes hasta el punto de resultar grotescas. Experimento una chocante impresión por la agonía que me golpea al persistir asido a la cresta monstruosa de la ola del enojo y de la impotencia ¿por desgracia, no andaba yo en tales fechas con el alma inmergida en similares tempestades? El creador asemeja reclinarse ociosamente tras el término de su obra genial, desde el instante crucial ¿quién acompaña al hombre en sus alegrías y pesares?
     Como en la última exhalación, se nota el escape de la energía del cuerpo ¿de qué lugar surgen las ganas de asumir el ímpetu, que ya es debilidad en los demás, inspirando el aliento fétido del coraje atragantado? Los grandes sucesos ocurrieron en los tiempos remotos ¿no se introdujeron en esa era la muerte y el culto en la savia humana? De esta forma, se quiere presentar al Cosmos en la imagen de un engranaje inmutable ¿se pretende conseguir con ello la justificación de imperturbable para la disposición establecida por los intereses de unos sobre otros? A la entrada de la iglesia de San Francisco, las innumerables velas encendidas alinean sus tenues llamas trabadas en unos enormes soportes de hierro que contonean su sólida naturaleza por el abrazo de la cera dúctil. Las súplicas de los fieles debaten en sus rostros una ancha batalla con las sombras -oscuridades que no despejan la luz de la abundante combustión orgánica-, ¿no será que en el estar distraídos con la dura pelea se encuentra la razón por la que los desventurados no dejan comprender sus necesidades en las oraciones? El llanto interno de los desatendidos reclama con nervio apagado la reparación del montón de humillaciones aplastadas en las llagas que no cierran el dolor de sus espíritus desahuciados. No sé qué tienen de singular, pero a partir de entonces, cuando viajo por estos mundos me siento poderosamente atraído por el encanto de sus campos de cirios.