Al final de Colombia,
en el reducto del trapecio Amazónico: Leticia


Al mirar hacia abajo tras una hora de viaje, la primera impresión que tuve fue la de estar sobrevolando un mar inmenso en el atardecer -no puede ser otro que el Pacífico, cavilé. En forma ondulante distinguí algo parecido a las corrientes marinas que trastornan a plana la rugosidad madura del sinfín agitado. El oleaje que veo son los apretados racimos organizados por las copas de los árboles que reclaman, en la horma redonda de sus cabezas, comida de luz -la feroz competencia de la existencia forestal mantiene a la mañana, alrededor de sus pies clavados en el sustrato, en continuo naufragio de sombras. Las figuras serpenteantes son las sinuosidades caudalosas y terrosas que vagan por la selva colombiana y lamen su suelo herido a causa de tanta raíz en busca del alimento mineral -¡nutrientes inorgánicos sin pálpito vivifican al mundo vital de lo orgánico! Y pensar que toda esta vasta riqueza la inteligencia ni la produce ni la hereda, sino que simplemente la descubre y la destruye ¿no suscita con frecuencia estupor tanta idiotez humana? En los ratos en que acude a mi memoria aquel escándalo verde, interrogo a nadie: ¿los elementos que conservan los latidos de este infierno son el aire y el agua únicamente?, pero... ¡si esta constelación vegetal creció donde el cielo sólo vertió lluvia! La línea recta imaginaria que une Bogotá con Leticia no divide horizontes salados, las particiones que carga el individuo consigo penden en el deslucido armario de su cultura -a esas puertas enmohecidas les falta la atmósfera de estos ríos y de sus interiores que guardan celosamente han de huir las pirañas mordisqueadoras de los juicios recién nacidos, sobran. Las sacudidas que recibí entonces a través de los sentidos completamente abiertos quedaron agarradas a los percheros de mi alma, junto a los viejos trastos del entendimiento en el que cuelgan asimismo mis preguntas sin respuestas.
     En esta ocasión, vengo del Este, de Manaos, y aterrizo en Tabatinga -los del lado de la Cumbia nombran Marco a esta ciudad -¿por qué constantemente la gente próxima es opuesta y llaman a lo mismo distinto? Es un lugar de tránsito para Leticia -el paso de fronteras es más barato si se traga polvo que por las alturas-, también es oportunidad de encuentro para la juventud masculina de lengua hispana que vienen a probar suerte con las hembras brasileñas en sus bailes hasta la madrugada -me gusta este espacio de ninguno y de todos. Conversamos con Alan -un canadiense metido a predicador evangelista- acerca de atravesar con la avioneta de la misión el territorio en litigio entre El Ecuador y Brasil, no fue factible por los líos aduaneros y las restricciones de combustible con que atormentan los gobernantes del gigante del sur a aquellos que recomiendan la paz entre sus semejantes -¿para siempre las ganas de conciliación han de llevar sujeta a sus sienes la manipulación que imponen los intereses de los descarriados? Concebí muchas veces en aquella tarde nuestra aproximación a la isla Anaconda -pequeño paraíso ecuatoriano en mitad del Napo- y es que me acordaba con fuerza de cuando allí desnudé, dos años antes, tres días imborrables.
     Frente a Tabatinga visité Benjamín Constanza, allí no hay apenas nada aparte de la floresta lujuriante y de un aserradero decrépito y semiabandonado ¿he de incluir en el inventario la ladrillera? Los recortes de maderas -algunas nobles- sirven para calentar los hornos donde unos niños cuecen ladrillos del color de aquella tierra -¡qué manera de engatusar a estos muchachos con los cultos a la hombría!, es que urge persuadirles, en razón de economía, de la importancia de ser adultos para otros. A la espera de la lancha para el regreso, Gabriel me presentó a un amigo suyo idealista ¿son posibles los altruismos en este sitio olvidado del olvido?, ¿no es demasiado insignificante aquel personaje en el extremo Oeste del país enorme? La miopía, el alcoholismo y la hipocresía de la información intervenida permiten a los que habitan aquí percibir casi exclusivamente las opciones privadas como el talismán de sus indigencias y es que la visión limitada les impide emerger del particularismo más inmediato ¿Advertirán algún vez los nexos del entramado que se esconde encima de las techumbres, por detrás de la apariencia?, el revoloteo de la abstracción cruza muy arriba las sutilezas de estos seres carentes de supuestos ¿llegarán a darse cuenta de que han de observar la suma de esto y aquello como un sistema?, la criatura ilusionada que habla de lo sublime lo ha adivinado, pero como el poder se ha encargado de que los demás la aprecien como a una extraña, su capacidad de convencimiento y convocatoria es escasa y así todos los maltratados permanecen inermes ¿Qué es el hombre con exactitud: el resultado de una fabricación caprichosa, el aliento de una emanación nauseabunda o quizá la reacción a una provocación envenenada? Gabriel, que regala hambre a la vida desde muy temprana edad en su trabajo de guía, es un adolescente práctico acostumbrado a sortear remolinos y a evitar engaños de otros, contempla entusiasmado a su camarada iluminado del modo en que lo haría sentado a la orilla de un cauce equivocado por ansia de infinidad, sabe con certeza que el medio hostil dobla el andar derecho y olfatea el retorno obligado vuelto meandro ¿Qué estoy contando?, ¡pero si todo esto sucedió hace tres años!, y a la velocidad a la que corren los aconteceres en estos parajes ya no hay quien lo tenga presente. Escruté al utopista, bañado en sudor para sustentar a su prole, cómo lloraba una plegaria -residuo de hechizo mágico-, suspendida entre la impaciencia y la descreencia, a un dios que escucha pero no satisface -la fórmula ritual reiterativa toma su perfil de las quejas debidas al malvivir prolongado-; cuando partí, le sorprendí disparar un salivazo en la dirección perpendicular a mi marcha y considerar de un vistazo la distancia salvada por el escupitajo ¿He de recordar que los anhelos de océanos igualmente se ahogaron en aquellos cursos dulces?