Cerca de Iquique la tristeza del salitre
no ensombrece el festejo de La Tirana


Cuatro esferas de un reloj fabricado en Francia rematan la torre que levanta su señorío en la plaza central de Iquique, circunnavegadas por números romanos señalan las cuatro -IIII en la posición corriente de IV-  de una hermosa tarde de finales de julio. Viajo al lado de mis semejantes que viven retenidos en sus vivencias e inmergidos en su entorno, con las penas y angustias del alma como compañeras inseparables de su angosto discurrir por el mundo. La maquinaria cuádruple del tiempo soslaya de excusas mis momentos de observación y reflexión como si supiese que esas paradas son, con imperiosa exactitud, rellanos de la búsqueda en los que las sensaciones descubiertas despiertan el entendimiento y la inquietud. Conjeturo acerca de esa encrucijada social constituida por el revoltijo de videntes, curanderos, brujos y nigromantes -¿no los he advertido un poco acá y un montón por allá? Sin pudor alguno echan mano de una presciencia singular -dicen que esta capacidad les pertenece- con la que se enriquecen estafando la curiosidad y la credulidad por las reverberaciones y las sombras de la vida y la muerte ¿no producen asombro y temor? ¡Qué raros hallo siempre estos accidentes en el ámbito de lo misterioso y de lo solemne!, las consciencias turbadas dudan sumergidas en una esperanza farsante que las abisma, explicable. Estos enigmáticos personajes se jactan de su honestidad y de un determinado idealismo humanitario ¿no tienen, a la vez, en buen cuidado el encomiar los méritos de la jerarquía que los sostiene?, la sospecha del engaño prosigue echada en el vacío ¿Además de hacer imperar su ritmo al individuo, el artificio que cuenta las horas abarcará asimismo la letra de su canción eterna?
     Remontamos la gran altura de las montañas pardas entretenidas en su afán de empujar a la ciudad contra el rompiente, el conductor descifra las figuras que la tierra agolpada en colinas tomó prestadas de monstruos gigantescos -¿caprichosa naturaleza comprimida en la estrecha franja costera o chocantes asociaciones heredadas de los reprimidos por aquella violenta matanza que originó la famosa cantata? Desde la cima, la capital es otra, plana, tendida boca abajo esconde el rostro arañado por su historia, el océano de nubes oculta su dorso al sol y el mar es un río inmenso -como sólo se ven en esta América Latina- aunque sin la margen opuesta.
     Arriba es llanura -alivio para el coche y respiro nuestro de precipicios obviados. El cielo, que por encima del celaje es perpetuamente cerúleo, reconoce aquí cobijo para su luz en los destellos de la sal -los terrones maduros de nitratos esparcen su ocre envueltos de azul. La tristeza de la atmósfera la ponen las Oficinas abandonadas, los barracones de puertas desclavadas por las ventoleras alinean las travesías polvorientas; en la plazoleta de la mayor oficina, una pérgola desencajada guarda umbría para los rastrojos que invadieron el recinto, la casa opulenta de los administradores de entonces -hoy detenida en ruinas- evoca la riqueza pasada en la mueca que el lujo deja atrás cuando se ha ido a otro sitio. Desolación, es el sabor del aire que inspiramos al colarnos en las viejas cantinas sin bebidas ni cantares; el sonido que acompaña nuestro fisgoneo es el de un retorcido almanaque de hojalata que el viento golpea contra un poste de madera -badajo ocasional. Todo fue provisional por aquella época -¡hasta el salario y el pulso!-, se disfrutó de un cierto progreso material momentáneo que no fue en absoluto equilibrado por un proceso intelectual. Ahora se quiere conservar como un monumento fantasmal para rememorar el trabajo incontrolado, la explotación metódica y el desastre que se pudre cuando los intereses huyen -¡espectáculo de derrota y capitulación! De las cadenas que cierran el acceso a los vehículos en la entrada de la salitrera Humberton, cuelga el letrero en el que se lee la prohibición -los escombros del naufragio no soportan más explosiones, sino los pasos del silencio. Los hombres obran extraviados con la disculpa de que, en realidad, son demonios; sin embargo, ¿no comentan los diablos que interpretan pésimamente el papel de Satán complaciente porque son humanos?
     El calor es agobiante por el mediodía cuando penetramos en la apretujada masa, el gentío lleva días enteros de baile sujeto a la regularidad monótona que imponen los tambores, el alcohol y las trompetas de la fiesta en La Tirana -los cuerpos resentidos duermen en los alrededores. Recuerdo las carpas tendidas entre los romeros agotados y las estrellas de aquel desierto. Dentro del Templo, los fieles suplican y su actitud es religiosa; en cambio, afuera actúan persuadidos de que controlan a las fuerzas milagrosas del bien y del mal y su postura es propia de sortilegios. Con la ansiedad por una necesidad se dirigen al Dios Justo, ¿no pretenden adular con sus agasajos?, ¿y no se percibe algo de soborno excretado subrepticiamente en las promesas por el provecho de un resultado? Desean alcanzar a Luzbel en un exceso emocional por medio de la embriaguez y el frenesí dionisíaco, porque saben que las espirales de la locura son un camino que se abre únicamente en los sueños del infierno. Los disfrazados cabriolan en las cercanías de sus vírgenes aguantando aquel astro abrasador que sella a fuego un pacto de convivencia sin conflictos. Los intensos colores se asentaron en las máscaras con ojos salientes; por contra, los semblantes de las incorruptas visten la palidez de la inocencia. La danza ¿no incluye un fondo guerrero?, exalta al macho -el Perverso lo es-, las divinas doncellas estatuarias -aguardan silentes entre la muchedumbre de la iglesia y en la calle- reivindican para lo femenino una igualdad más palpable; no obstante, el protagonismo que manifiestan no llega hasta el punto de dominar totalmente al Rey del Mal. Cuando irrumpen en el refugio de lo sagrado, quienes tapan sus cabezas con la representación de la ruindad y bailotean su cadencia de subsuelo han de revelar sus caras. ¿Alguien se propone imaginarse a la persona sin aspirar a su comprensión?, quizá sea preferible para él desistir del intento, tal disposición equivale al defecto de repudiar la clave íntima de la creencia porque hace ya mucho que la corporeidad y la espiritualidad firmaron la alianza en su lugar solidario, que es la criatura ¿El hechizo y la explicación han de alimentarse forzosamente la una de la otra?, por fortuna, a lo prelógico de lo mágico -discernimiento balbuciente- le sigue la lógica de los raciocinios -parece claro que cuando se edifica el conocimiento de los gérmenes el mórbido renuncia a ser invocado- ¿y cómo proceder con la parte alógica que pregona su fe?, ¿se resolverá en el futuro la tentación por los submundos?, ¿es posible defecar las respuestas ilógicas que cargan en su bajo vientre residuos de hipótesis? El expulsado del Paraíso constantemente ha estudiado la interconexión entre él mismo como población, el ambiente que lo rodea -desde el ángulo debido al aprovisionamiento- y su oportuna adaptación, primordialmente obligado por la lucha de la subsistencia más que por motivaciones lúdicas -el empeño en el que reparo en este pueblo de sustentarse merced a lo sobrenatural habla con franqueza del débil poder que goza para ajustar lo común a sus exigencias. La convicción de los orantes resiste la cera derretida de los cirios que resbalan por sus dedos -el amasijo de la ilusión con el dolor dulcifica el consuelo ¿Y el festejante indiferente que se abstiene de la práctica?, no es de fiar, porque con frecuencia vuelve su conducta razonable por simple presión ejemplarizante ¿Y el asistente incrédulo pertinaz y convencido que disimula su incredulidad con ironía?, es un perseverante debelador de ídolos y de altares, en su negación es más adversario que el hereje. Apenas consiguen rescatar las apariencias y sus esencias huelen a aliento subterráneo aprisionado. Para que sus absurdos terminen, han de dar un salto tremendo sobre la insondable distancia entre el pensamiento y sus existencias como acontecimiento. Esta multitud posee una mente basada en principios diferentes a los nuestros y estructurada de forma distinta ¿quedan tranquilos los tibios y los descreídos si suponen a esta gente primitiva o atrasada?, ¡permanezcan en sus barrizales tales interlocutores!, ¿ensayan la oscuridad porque en ese círculo no es tan fácil olfatear sus humus?, cuando en el juicio hay mugre, se conforma una ola de náusea y es mejor para el resto del Universo que no agiten sus torpes entendederas ni remuevan sus arrogantes confianzas en la validez universal de sus minúsculos sistemas reglados ¡traten de vencer tanto odio!, ¿ignoran o desconfían de lo extraño?, causan la impresión de que confunden el grado con la dirección de la cultura. Desprendí hace bastante de mi talento la piedra afilada que otorga la seguridad del arma e invita a valorar y juzgar, descubro así más explícitamente reflejado mi yo en el espejo ajeno de sus modos ¿se prevé acaso otra manera más sencilla para desentrañar lo verdadero que se agazapa detrás del talante banal de lo extraordinario?