De Chiu Chiu el cobre ausentó el río


La atmósfera de madrugada acude mansa y gélida a la vigilia temprana. La fuerza de voluntad y el deseo por gozar de una naturaleza wagneriana forjan la tenaz determinación que decide congregarnos en la cafetería deshabitada en torno a un café sin leche y unas escasas galletas dulces que mi enfermedad me impide probar. El conductor que ayer apalabramos no aparece en el momento convenido, se retrasa largo rato -congelado de espera. En la calle despoblada de paseantes -duermen con sus anhelos-, el fracaso del encendido eléctrico hurta tinieblas a la noche en islas amarillentas que prefieren el cruce de vías. Los obreros de Chuquicamata andan despaciosos por el océano negro y de pie, en mitad de sus penumbras de esquinas, aguardan los autobuses de la empresa del cobre; identifican el apropiado por el nombre del producto químico con que se relacionan en el yacimiento. Arropado en mil excusas, somnoliento, el guía apresta el equipaje en el interior del todoterreno, se impone repostar gasolina con dinero de adelanto, es un compromiso que se paga a plazos -a una acción, una entrega.
     La ruta renuncia pronto al asfalto; tierra y piedras constituyen el cobijo de ruedas que opino giran independientes unas de otras, en derrapes, en vacío de subidas y bajadas; por el cristal delantero, tanto se desnudan estrellas como hondonadas de vaguadas. En varias ocasiones detiene la marcha, "deben de ser las bujías", insiste; procede a sustituirlas por unas de repuesto, son aún más viejas y recurre a limpiar las más recientes -desgraciado estiramiento tecnológico por allá de cualquier ciencia, no queda más remedio que confiar en su experiencia. Después de tres horas de rodar, un neumático trasero resquebraja su efecto, el aire prisionero ardiente escapa en silbido sordo a la holgura glacial exterior, no hay recambio disponible, tampoco fuelle que sople, ni parches que lo retengan. Solos en aquella inmensidad inhóspita, recostados sobre la sobrada imprevisión temeraria, muertos de sueño vigilamos resignados el próximo desbordamiento imaginativo del chófer malogrado. El alba apela a su cita periódica en el Desierto del Tatio, el resuelto azul rechaza con lentitud a lo espeso -sucedió al crepúsculo pasado- en espantada hacia el Este. Desatornilla la goma perjudicada, extrae a martillazos y palancas la cámara rajada, llena a paladas de arenisca la cubierta y así, con limitado crédito, avanzamos carretera abajo. En modos renqueantes desistimos del amanecer en los Géiseres. "No es posible mayor fatalidad", lo escuché en su escueta sentencia de abandono.
     Durante kilómetros el trayecto es pausado, el relleno se despide trillado del recinto que ocupó del gas comprimido, el caucho en abrazo mortal retorcido amortaja la llanta. El calor agobia el ambiente, levanta corrientes que causan sequedad en las gargantas. La bomba que empuja el combustible se caldea, es necesario parar a cada poco y con un paño mojado ensayamos el retorno de su temperatura idónea. Atravesamos un río menguado a regato por prescripción de la explotación: el mineral que consume vidas -de culo al tino- agota asimismo el manantial de la esperanza. La sorprendente laguna es contraste notable en la aridez del camino, agua cercada por orillas sedientas. Cuentan que es muy profunda y que todavía nadie se atrevió a medir su abismo, y conjeturan con monstruos extraños que desaparecen en su lecho verdoso. Los hombres desamparados del presente convocan a los demonios ¿cómo asegurarían, de no llevarlo a cabo, la raquítica defensa contra sus hermanos diablos?, también evocan su parte fugaz, de hace mucho, a manera de testimonio por una dignidad tenida.
     En las inmediaciones de Chiu Chiu, el tiempo arrinconó su inexorable círculo: compañía de conquistadores en su apeo del Norte, partícipe en el asentamiento de la primera iglesia chilena. La leyenda permanece inerme en el ensueño de sus vigas, en el portalón agrietado y en la deslumbradora claridad de sus muros. Medio fatigados por los años, los colores con que adornan las criaturas a las divinidades en el altar antiguo son vigorosos de inocencia; el Cristo sangrante es viveza en rojos, por ambos lados expuso el artista el dolor contenido, es un lienzo de doble frente que muestra el rostro, el torso y la espalda del Dios lacerado. El sencillo cementerio atrapado por los siglos lo advertí al asomar mi curiosidad, custodia celoso las humildes crónicas humanas. La oración infinita de osamenta recuesta su eternidad en el templo, ajenos a la implacable mutabilidad de la existencia existieron.
     La ignorancia amontona en las facciones arruinadas de esas gentes inexpresión cretina, acentúa la tremenda incomunicación del exclusivo maestro de la única escuela. Es un individuo triste, de ojos averiados por su oficio anterior de metalúrgico; su cultura, que multiplica sus ángulos de visión, dota de un sentido a las cosas y a la inteligencia que sus vecinos desconocen. Feliz señala lo que él cree hermoso: una plaza bordeada de plantas resecas -la savia lozana no baña su zanja circundante, y es que el caudal del riachuelo ya no basta, ¿no está a un paso de frustrar su categoría? ¿Y el jardín del pequeño santuario?, lo reconocí a duras penas deshecho; en la buena época toleró una grácil pérgola, pero los parpadeantes agujeros de luz que borbotearon en la agradable umbría de estos andamiajes se reunieron sigilosamente en uno y estrangularon lo oscuro y el fresco.
     "Si hablan con las autoridades -a él le parecía que éramos del Gran Mundo, ¡relatividad manifiesta!- por favor, recuérdenles la gracia que agoniza en este trozo primordial de nuestra historia" -¡Súplica extraviada, vamos a la frontera peruana, alejándonos de Santiago! Y si alguna vez vuelvo a tu país -pensé- ¿a quién me dirijo?, no me trato con los cercanos al poder. Y si doy con alguien, ¿darán razón de belleza a un educador pobre que oculta su mirada al sol y se lamenta de la demasiada dejación? ¿Y los jerarcas intermedios?: ellos no atinarán con novedad digna de mención que perturbe el reposo de sus superiores, ni altere sus promesas en consideración de ascenso. Sus excelencias rondarán por el lugar de esparcimiento que es un encanto, en la acequia abundante de flujo inexistente humedecerán pañuelos, refrescarán sus cogotes y parlotearán a gusto en el exquisito vergel quimérico sombreado de blanco radiante en quemazón de injusticia. "Es -dirán- excesiva solicitud, tu insolencia sensible requiere mayor humillación profiláctica."
     Con todo el respeto sumiso de los dominados de la Tierra, Del Rosario, el enseñante, nos abre su casa. Apenas cincuenta metros cuadrados de vivienda -si se posee la instrucción que confiere grandeza, los mandamases condenan a la estrechez, grité a mis adentros- violenta paradoja en la reducción del espacio: desde el vasto yermo recorriendo soledades a la
minúscula estancia corrida por chiquillos. Su sueldo es más estricto que las dimensiones asignadas. Difiere la compra días y días -¿cuándo mejor lo fastidiarán los que lo acarrean gratis a Calama?-, porque en el caso de que adquiera las viandas en el pueblo, su familia llegará a fin de mes más exhausta. Los demás saben de sus apuros, mortifican su prestigio y devalúan sus conocimientos, estiman más útiles las lindezas baratas y sus triquiñuelas ramplonas. Es la herencia que fían a sus hijos: ¡miserables, torpes y de convicciones raídas, no merecen distinto destino, traguen el polvo envuelto en viento y las risas referidas a ustedes mismos!
     El mecánico continúa en su empeño de arreglar el daño, no recibe auxilios de ninguno, sino peculiares atisbos escudriñadores en silencio, agachados -igual que buitres- alrededor del transporte herido. Regatean herramientas y servicio. Un precio inmoderado por el alquiler de un nuevo vehículo vence las cuclillas de aquellos que acechan nuestra impaciencia. Las mujeres en la cabina, los varones detrás sentados con las cabezas tapadas a la ola de fuego. A la izquierda, algo desbaratada por la áspera intemperie y el descuido, la Cruz del Desierto -allí asesinaron los culpables a unos honrados empleados de banca y los cargaron con un robo que jamás cometieron. Fredy del Rosario comenta la mancha que soportaron los parientes de los matados hasta que se descubrió el engaño, "es una maldad", reiteraba con desaliento, desvestido de furia revela su extrema fragilidad.
     Metidos en mugre engullimos, al término del viaje, la comida que correspondía digerir en el maravilloso espectáculo geológico; los chorros hirvientes que crecen en bienvenida a la aurora fueron para nosotros rotura, frío y el encuentro en los grados desmesurados con semejantes perdidos. El avión de LADECO sale puntualmente a las cuatro de la tarde. Las aeromozas distribuyen ostras en el vuelo, repetimos marisco y descansamos de la charla al aterrizar en Iquique. Registro lo fundamental de mis incursiones de fuero en la excursión de afuera y mis queridas persecuciones por las vaguedades atemporales del alma.