Manaos: un magnífico río negro y ácido
lame aún tu historia de derrumbe cauchero


Guardo celosamente las impresiones que a cada instante alteran la visión más íntima: el turquesa del océano y los cándidos pañuelos de las exuberantes bahianas que para cubrir sus cabezas anudan por delante. El túnel de masa vegetal, próximo al aeropuerto de la ciudad del murmullo de la marea y de las gentes del color que vino de Africa, es el último recado de aquellos parajes que se apretuja en mi memoria cruzada de sensaciones. En el avión que hace escala en Brasilia, procedente de Bahía, llegamos a Manaos en la conclusión de la mañana; sobrevuela en círculo una enorme extensión de agua, su oscuridad dulce y ácida se mueve lentamente entre orillas fértiles; más allá de la margen opuesta al muelle donde atracan los mercantes fluviales, otro río, gigantesco, turbio y cansado -¡arrastra desde los Andes tanto fango en su abdomen! Durante kilómetros, el ansia de penetrar en el Atlántico confunde al Río Negro con el Solimoes en un largo abrazo lateral -como los amantes que tendidos de costado aproximan sus cuerpos para la entrega-; la fusión indiscernible se hace esperar -no hay desazón por el clímax-, distintos caracteres, que se han de olvidar aún de sí mismos, lo impiden: el azabache de uno y el otro por ser marrón. La materia orgánica descompuesta en agridez no reclama urgencia de maridaje con el curso terroso, y aunque ambos son perezosos en su huida de la alta cordillera, tienen distinta premura por alcanzar al delta. Me gusta ese encuentro reverencial de elementos afines pero de contenidos contrapuestos: la compañía serena resuelve de manera trascendente las diferencias que la turbulencia de los agobios; poco a poco -no cabe duda de que las riberas ayudan como los largueros del lecho amatorio- el semblante del río que espeja la frondosidad de sus límites se mezcla con el afluente pardo en un mestizaje reciente y repetido insaciablemente; la corriente es después menos corrosiva y las prisas por saciar la sed de sal se hacen homogéneas. Al Amazonas le resta aún un dilatado camino hasta su apertura en abanico y la rendición de su atributo de grandeza desmenuzado en multitud de llantos que se disuelven en el mar.
     La ignorancia de los mandatarios y la minusvalorización de lo que se pretende inagotable ha servido para proteger la codicia de los ingentes rendimientos -no es una buena directriz para gastar racionalmente la abundancia de recursos naturales y de vidas humanas-; decretaron el ordeño total del caucho. Pagaron a los seringueiros que sangran al árbol unos salarios extremadamente cortos y no omitieron convocar a la mística que concurre eficazmente para lograr el asentimiento al espíritu de disciplina y el sacrificio en la movilización del trabajo. La meta era vender lo más barato posible la mayor cantidad imaginable del lloro de leche pálida que chorrea de la corteza herida. El general optimismo de los hombres cuyas decisiones influyen en las de otros es en realidad mala información acerca de la historia; les hace conceder una porción muy módica de sus horas al estudio de la verdadera situación -Manaos gozó después de la invención del neumático de una era delirante- y en una megalomanía precoz e incansable se edifican templos, palacios y auditorios.
     El Teatro Amazonas es el contraste más enérgico y brutal entre el lujo dorado que trae de lejos a los más sobresalientes tocadores y cantores y la miseria de los indios, mestizos y caboclos que malviven en las fronteras de los ríos soportando condiciones de subalimentación inaguantables. En ese mausoleo de la música y de la voz es chocante el despilfarro de unos adinerados dementes que más tarde se empobrecieron, juntaron el mármol de Carrara en las columnas, amontonaron los forjados británicos en las barandas de las escaleras, colgaron de los techos unos hermosos vidrios de Murano -repletos de bombillas incandescentes. Las tinturas que excursionan por sus tapices evocan símbolos extraños al lugar y cuando pintaron a un indio, este brotó de opereta. Para colmo, la chifladura expresada en el pavimentado maderero -valor autóctono- cortado y diseñado en Lisboa fue montado en el majestuoso salón rodeado de artísticos pilares y con ventanas a la plaza para su destino de pisadas en los entreactos -los entremeses se volvieron entreaños e inquietud por la aparición de comediantes que en absoluto hicieron acto de presencia. A los desgraciados enloquecidos por la trasculturización jamás se les toleró traspasar el pórtico colosal, ni asomarse a la balaustrada exterior que distancia la entrada señorial de la calle vulgar; para ellos, la escenografía y el canto lo pone la selva intrincada -su ópera verde- que no les regala siquiera la gracia nostálgica por la propia imagen dura que hace perder tensión a la misma palabra en el fuego del recuerdo.
     Un inglés avispado y avisado pudo hábilmente recoger con disimulo y sacar clandestinamente del país algunas semillas del Havea Brasiliensis, fueron tratadas científicamente en unos laboratorios de su patria y trasplantadas al sudeste asiático. La producción amazónica descendió drásticamente debido a la planificación que se dispuso por agrónomos en la nueva zona, frente a la forestación desordenada -patrimonio de lo salvaje-; la tarifa del caucho sufrió una caída tremenda en todas partes. La pompa de las mansiones que reflejaba la opulencia de los reyezuelos de la goma se apagó, quienes disfrutaban de sus lucros dejaron de lado el vaso del fino licor que saboreaban y estrujaron contra las mesas el cigarro puro que chupaban encendido; al fin, la gran sala de espectáculos cerró sus puertas y se disipó, como por encanto, el clima de agitación intelectual. Toda la población desabrigada a su suerte adversa paga su bono de indigencia y muerte cuando los intereses han mudado sus objetivos, ¡qué arduo resulta entonces luchar contra la tirantez social originada en la nefasta combinación de escasez y explotación desganada!, las esposas comienzan sus andares al cafetín para buscar a sus maridos borrachos de aguardiente. Suponer que lo que se aprende redunda en progreso sería reconfortante, pero ¿cómo negar el despilfarro de esfuerzos? El ocaso se aprecia encerrado en un volumen finito, pero sus contornos no agotan la ilusión de enclaustrarse en la atmósfera infinita de esperanza -más característica de la época de las catacumbas. El restablecimiento del equilibrio y la resolución de los conflictos corresponden a individuos casi únicos, con una vasta capacidad de arbitraje, ¡pero tardan excesivamente en surgir!
     Los dioses aparentan delegar en sus criaturas la responsabilidad de sus sinos, pero en las súplicas -esa parcela del comportamiento que imprecisa el confín entre razón y pasión- se nota cuánto pesan en sus pautas. Un desesperado le hizo una minúscula casa a Dios, es "la Iglesia del Pobre Diablo", de cuatro por cinco metros; no accedió a que se posaran en su espíritu los sentimientos de ambición, de envidias y de avaricia, por lo que no adquirió nunca la fortuna de los que luego participaron de su infortunio, aunque sí codeó su humildad ¿o su locura?, con el afán anhelado por los más poderosos: la embriaguez de las deidades ¿Es éste el modelo ideal del divino artesano que se sienta en el atardecer de la eternidad?
     Las naciones desarrolladas que se abastecen y enriquecen en los mercados internacionales a costa del profundo desequilibrio de las ganancias desatan un vertiginoso desbarajuste metódico e inequívoco en los recolectores de la pasta pegajosa. Más tarde, de la imitación y mejora de la creación pasan a la síntesis orientada por la teoría para la obtención de la sustancia con cualidades adecuadas. En la Primera Guerra Mundial, Alemania, angustiada por el bloqueo, compuso el caucho sintético -triunfo de la ciencia-; sin embargo, su precio era tres o cuatro veces superior al originario -lo que el hombre descubre y sobre todo utiliza no depende tanto de las frustraciones o de los éxitos de sus conocimientos, sino más bien de las conveniencias. Pero es en la fábrica donde la práctica mantiene su cita con el ensayo, el área común en la que se consigue abaratar los costes -triunfo de la técnica- para la obtención del complemento que exige la guerra moderna. Hacia 1955 el caucho obtenido fabrilmente representa un tercio de la elaboración mundial. La amenaza traza su espiral agónica alrededor de las moradas de los esclavos del látex que ven escabullirse de las arcas de sus estados millones de dólares por el languidecimiento de sus exportaciones -la industria acaba por sustituir a la plantación. Penosa lección de los acontecimientos en los que la investigación contribuye con determinación al desequilibrio económico, y por tanto político, con su séquito de crisis que asolan a los desdichados al inducirles una mentalidad que estima estos hechos inevitables. Se restituye el hambre a los dominios del hambre.
     El barco remonta con parsimonia el Río Negro; alguien nos aguarda en una isla -Sabá, caboclo, fruto de cabocla y de padre indio-, hace mucho apartó de sí la precipitación y, casi a la vez, la mujer que compartía sus sueños lo abandonó; quedó solo vagando por la maleza hasta que Bebé Barros -el dueño de nuestra embarcación y de otras- le dio cobijo, empleo y beneficio. Paseamos un rato por la espesura, en su acostumbrado ambiente nos hablaba de un sinnúmero de nombres de animales y plantas; se servía, en sus subidas y bajadas por los troncos, de las manos y de sus pies atados -agarraderas prensiles-; le seguían los perros -su singular cortejo. La tarde fue una de esas magníficas tardes conquistadas por un inconmovible cielo azul hurtado a trozos por la inmensa alzada del boscaje; aislada allá arriba alguna nube mece su figura por la superficie del plano líquido, prieto y terso de las rutas de canoas. La violenta ligazón de razas -blanca, negra e india- no es más que paz en el tono de difícil definición que se asienta en el rostro de María; diestra con la caña y excelente cocinera nos sorprende a la vuelta del canoaje: ha pescado para la cena media docena de pirañas exquisitas. En la noche, mientras navegamos hacia el centro del caudal que levanta y baja el puerto flotante de Manaos con intención de cruzarlo, el Averno instala su camastro bestial en los nubarrones sombríos, deja caer sin tino rayos a la tierra y al agua, los truenos parecen ronquidos de demonios y los relámpagos asemejan las cegadoras luces de sus ojos abiertos. De veintitrés años de edad y todos cumplidos allí, Dailson, que es un experto capitán, considera suficientes estos argumentos para desistir del intento y maniobra en redondo el timón. No postergaré jamás los saltos al suelo firme del día siguiente para conocer a los que subsisten con sus familias junto a la costa; le compré a un niño -medio negro y mitad blanco e indio- una tiradera sin el palo de forma ahorquillada donde se sujetan los tirantes -esa función la hacen los dedos índice y corazón de la chiquillada desventurada-: pensé en mi hijo. Todos, excepto Lucio -el guía de quien más mentiras y deformaciones de la realidad he escuchado en mis viajes- nadamos en una pequeña playa con la lancha varada en la arena; el grumete al que Dailson llamaba macaco terminó por zambullirse. A las cinco de la tarde los dos rebordes desfilan suavemente ante mi vista, hacia abajo, hasta Manaos.
     Cuando recorro estos modos tan desiguales y escondidos, por un momento es factible para mí llegar a creer que sus espacios y sus tiempos no nos son del todo ajenos; es simple la trampa de pensar que podría intercambiar los de mi entorno habitual con los suyos sin más que forzar a los campos y a sus pueblos -es una pura ilusión a la que conduce el enredo de lo rutinario en el hábitat ordinario. No hay más que trepar a las aceras y detenerse en las veredas -mientras se lleva a cabo un inventario extensivo de las opciones de que se juzgan curiosas, y un análisis intensivo que respeta las tradiciones y las aborda en el eje de su problemática vital- para darse cuenta de que el tiempo-evolución es un atributo inviolable porque se está tratando con entidades-hombres y con sus sistemas de fuerzas. El torrente de vivencia frescas que se siente espuma con demasiada celeridad contra las ideas previas que fácilmente solidifican las lindes de lo asimilable por mi personalidad que se renueva; experimento incertidumbre, desconcierto y, si aspiro a engullirlo rápidamente, vislumbro ciertas contradicciones, porque entiendo que la explicación de la auténtica significancia no pertenece exclusivamente al diálogo entre las personas.