Bahía: entre la multitud,
el buscador perdido en la humana negritud


Durante un arrebato de entusiasmo poético, he podido evocar a las espigas silvestres e imaginar que soportan la ficción de lo espontáneo; pero, a su debido tiempo, el empirismo botánico ya advirtió que la fuerza biológica pasa de largo en el tallo. Es una notable enseñanza: en aras de una magnífica ingenuidad extraviada, no conviene que liquide de un puñetazo los gestos, las ideas y las palabras que imité en la niñez, indagué en la adolescencia y se consolidaron con la maduración ¿No juntó el recolector su alimentación de los granos caídos a la tierra?; por contra, el agricultor, con la selección oportuna de híbridos, mantuvo después seguro las semillas fijadas al racimo de las plantas segadas en el puño. No obstante, opto por dejar claro que es vano intentar reencontrar en los símbolos de esta muchedumbre de piel prieta que tengo delante el signo de nuestros esquemas, y además digo que es peor que inútil estrujar sus concepciones con el refajo de las disposiciones ambientales que nos concreta ¿Cómo y dónde trazar la línea de demarcación?, la expresión diferente aturde, los hábitos del pensamiento distinto equivocan el lugar de entendimiento mutuo y las opiniones desemejantes entorpecen la comunicación. La negrada, o no repara en la urgencia de la explicación para las representaciones que me intrigan, o acaso, ni remotamente orbitan por sus cabezas mis figuraciones. Montados en una paradoja que les es familiar, facultan a sus dramas discurrir por vericuetos difíciles de rastrear -en esos recorridos, las contradicciones adelgazan sus exposiciones y es cierto que considero, de una vez a la próxima, más enmarañados sus significados. Me esfuerzo por ser capaz de sustituir con la premura que ambiciono aquello que interpreto en mis semejantes a manera de metáfora ¿captaré al menos con la nitidez necesaria que en efecto se trata de una declaración literal? ¡Qué marcada es la disparidad!, me duelo de que a duras penas la verdadera dimensión consienta que se la penetre.
     A la mañana siguiente, charlé con un tipo melancólico; brutalmente descorazonado, Santos Robledo acepta el fatalismo de su castigo a la concusión final sin salvación posible. Abre el callejón de sus desconsuelos a la definición de un círculo maléfico que orilla por completo su investigación en un abrazo con lo uniforme traumático. Revela un estado de cosas que se dilata irresolublemente en una duplicación incalculable -ansia clónica- con su peculiar letanía de desequilibrios sucesivos y de insatisfacciones remanentes. Su consternado canto agónico -prolongador de ilusiones que se ahogan- desnuda la tristeza extenuante de una masa extremadamente pobre, que la ciudad, con sus connotaciones apremiantes, envilece ¿Es en absoluto utópico que la autoridad provenga de la generosidad?, ¡lunática cuestión que golpea con insistencia sus sienes! La desazón impone a las mentes una confusión arriscada, identificando experiencia esencial con el destino de las gentes. "No estoy de acuerdo", porfiaba yo en los estrechos pasillos de sus silencios esporádicos y siempre tardíos. Este pueblo lo constituye objetivamente un grupo que cumple con su devenir histórico e incluso con su desesperanza. Subvertir la lógica progresiva aspirando a resolver una realización particular en un alegato de exculpaciones e increpaciones es, denunciémoslo ya, un engaño cruel, cuyo atenuante redimente es primordialmente el talento raquítico de una vanidad hambrienta. No cabe embrollo en ello: el disgusto acuciante del protagonista no reside en la falta de convocatoria de sus sugerencias, ni siquiera en lo intrincado del reconocimiento a una labor que persiste, sino más bien en su espíritu averiado; "ya no busco, todo es demasiado complicado, solamente vivo" ¡qué amarga despedida!
     Los moradores de la carencia holgazanean y no ahorran, es la mueca adaptativa del escalón más bajo de una organización clasista e individualista ¿quién cree todavía que la miseria retiene unos atributos cuya responsabilidad recae en los indigentes? Paso a paso no consiguen los infelices entreabrir la verja -frontera que les permite ver a los personajes y no acceder a sus ropajes ¿Cuál es el sentido de la previsión en una economía a gatas por la subsistencia? En esa atmósfera se tiende a no diferir y se procede al día -ahora y no más adelante se gozan las recompensas palpables. Los menesterosos dilapidan sus escasos haberes tragando alcohol y en lujos disparatados, sufren su impotencia en las horas aciagas ¡Tranquilicen sus conciencias los timoratos del país de la samba!, estos devaneos no pertenecen exclusivamente a la canalla, otras capas más elevadas de su jerarquía social los padecen, aunque con menor gravedad -fundamentalmente por el mayor nivel adquisitivo. Los de arriba vengan con el desprecio la injuria por la similitud del vicio, y se lavan las manos haciendo al respecto mil observaciones; aún así, no profundizarán más en torno al desgraciado asunto ¿no andan entretenidos con la dirección e intensidad de sus placeres?, ¡ocupación infinita ya que dependen en menor proporción de la voluntad de uno que de la orientación y prontitud de la arbitrariedad ordenada por su medio! ¿El sustento civilizado del mundo requirió producir y procrear tantos cadáveres?
     Mientras almuerzo, obligado por la diabetes a una dieta severa, registro en la persona de enfrente una solidaridad inclinada a asemejar sus preferencias a las exigencias de mi digestión -es una vaguedad comunal de dos que aparta la provocación e inspira admiración por su prudencia. En cualquier caso, apostado en una perspectiva general medito que en el señorío de la inteligencia del hombre sobre su naturaleza algo falla: halló la vía y obtuvo las valiosas mejoras materiales, en cambio, sus soluciones no terminan de llegar a la totalidad de su especie. He ahí la razón del porqué el sujeto como tal no prospera ¿o se pretende disimular que en las pasiones oscuras que se callan es donde se oculta el error?; basta con echar una ojeada al enloquecido fango inaudito de desvalidos consumidos, muertos de gana y obscenos, muy cerca de la pompa desenfrenada de los arropados por sus fortunas insolentes. Cargada con unas alforjas abarrotadas de conocimientos amontonados -ciencia recargada, acumulada al igual que las mercancías perecederas en las tiendas de ultramarinos- la criatura humana se maravilla por el tamaño de la porción y descuida las relaciones subyacentes, por lo que no alcanza el encanto de la génesis del Plan ¿Quiere alguien desraizar de su juicio los prejuicios que juzga de aquellos que fueron enculturados según reglas disímiles y evolucionaron por rumbos divergentes?, le sobra con evitar los remilgos que perforan sus análisis. Descubrirá entonces la falacia de su etnocentrismo, que pondera buenos los dispositivos de índole conductual y cerebral de los suyos, y rechaza por perversos el compás de las nociones y acciones en los extraños. Y es que a los cretinos que hablan de los dioses en el mismo estilo en que alternan con sus parientes -confianzudamente- les miro, sonriendo en mis adentros, ese resto prosimio de los caballetes verticales que van del labio superior a la nariz y la delatadora curva lumbar que los afirma erectos. De idéntica forma que en el recinto en el que rezan los fieles -océanos de tinieblas-, los cirios no iluminan los dedos que los sostienen y sus llamas danzantes deforman las facciones en un baile incesante de sombras, el saber, desprovisto de la riqueza de sus construcciones propias, es señal de asomo y de asombro en el abismo de lo inexpresable: pequeñas lamparillas de papel que no alumbran el camino. La práctica de este modo de discernir es la estructura nutricia en la que permuto mis desechos con la descomposición de lo que está condenado a sucumbir; el futuro traído al presente lo pauta aquí el reloj francés Henry Lepaute que adorna graciosamente con su apariencia de farol la plaza de San Pedro. No resulta admisible postergarlo más: la existencia, y por ende su asimilación, es un fenómeno cualitativo y no cuantitativo -plegaria anhelante de expansión que cada cual procura dominar. Es ineludible dar un salto de gigantes -de la introspección al éxtasis-, porque no es tarea fácil arrancar del suelo al descreído. Sólo una fantástica pirueta lo separará de su aptitud trastornada -proceso prolijo en idas y retornos recurrentes- en pro de una actitud sumaria de comprensión serena, de grandeza y de armonía. Era un atardecer apacible y el paseo con que acompañé a la ruinosa diurnidad me acercó a la balconada alta y esperé secretamente a que el sol sepultase su luz detrás de Itaparicá -la magnitud del acontecimiento no toleró que el sentimiento escapara.