Bahía: los latigantes no lograron acabar
con tu murmullo y tu barullo extravagante


El calor alza su tono conforme avanza el día y el sol levanta su rostro -la temperatura y el astro confirman así un acuerdo remoto de quejas-: desde el cénit dejan sentir su agobio en el rebumbio del gentío. Los chorros de sudor sin término mantienen húmeda la ropa y las gotas que mojan la frente transpirada refrescan con el viento de mar la cabeza del que viene de fuera; el cabello en espirales apretadas abraza una infinidad de volúmenes vacíos que facilitan la dispersión del ardor en la muchedumbre oriunda -¡es tan fantástica la mezcla de los paquetes genéticos en este país que los estudiosos llegan a identificar por cientos los tipos étnicos!-: no necesitan que se demuestre su batiburrillo de razas, está estipulado. No fue tan fuerte el bochorno cuando en Río de Janeiro Augusto, que vestía de chaqueta en la recepción del Guanabara, nos habló de esta ciudad suya, de más al norte, del revoltijo obstinado por pudrirse en las viviendas -divididas y subdivididas- de la zona elevada que la buena sociedad abandonó hace bastante y del amasijo por el alboroto en la parte baja con su historia de barcos y de puertos. Harto de altura y de la locura que predispone a extraviar en la Plaza de Se la significancia al sentido propio y ajeno, el urbanismo, a la grupa del vértigo, resuelve el tráfico en un tobogán de descenso por calles angostas y culebreantes a la búsqueda del respiro de brisas; a la vez, a ras del océano, no resulta extraño darse cuenta de que la tremenda debilidad del entronque de vías no resiste el embotellamiento de personas y vehículos que acuden, en costumbre de cita diaria, a la plazoleta abierta en su hospitalidad de sombras, junto a los portones del mercado. Este tráfago lo noté descansar inconfundiblemente después de la medianoche, pero a esas horas el hechizo de las gentes de color cambia de asiento.
     Por unos cruzados el ascensor Lacerda salva al zurriburri de a pie del precipicio que aleja la población levantada de la otra plantada en la cota menguada -esta recurso técnico me llamó la atención cuando meses atrás visité Lisboa. Arriba, el barrio del Pelourinho con su prostitución barata y otra parentela marginal -la clase rica define las reglas ¿y las reglas para la transgresión de las reglas?, las descubren los adinerados de a céntimos. Me gusta deambular por esos callejones empedrados, de esquinas retorcidas y olvidadas de limpieza para no desentonar con el hedor humanal que desatiende su dolor en una avidez por remolcar su complicada subsistencia -un poco más-; ¿circulan por esos arroyos de inmóviles cantos rodados los límites mínimos que satisfacen a sus idiosincrasias?, ¿quiénes cooperarán en la defensa de estos excluidos contra sus depredadores que perseveran en el acecho? Por la premura que la noche acelera, entré en una funeraria que expone las cajas para muertos tumbadas contra las paredes en espera paciente de familiares lacrimosos ocupados en el ritual final del ciclo vital -misteriosa reunión de camastros erguidos sin durmientes para siempre-; canjeé dólares a la moneda del Brasil ¡y fue el mejor negocio que hice en aquel viaje, los pagaron valiosos! -curiosa nación en la que los extranjeros comercian de forma tan favorable en las tiendas para cadáveres, ¡son menos vivos! ¿Cómo omitir el hotel en que éramos los únicos huéspedes?, el teléfono había sido cancelado por impago de deberes, solamente se recibían llamadas, pero era imposible marcar un número; Jairo cuidaba con esmero un mostrador constantemente desierto -¡era tan amable y servicial!-, le pedí una lámpara para mi mesilla y probando enchufes inutilizó la heladera -caminaba algo de lado con un roto en el pantalón sobre las rodillas-; ¿el título del establecimiento?, ¿puede ser otro que el del suburbio? Abajo, las puertas del artilugio mecánico que soslaya el despeñadero desnudan a la visión el sinfín inquieto y el Mercado Modelo; me absorbe el anonimato del intercambio del dinero por los objetos: el comprador fanfarrón y el vendedor socarrón no conocen nada uno del otro, ni tan siquiera cómo se apellidan, muy probablemente no volverán a verse jamás después de consumada la transacción; el pulgar del artesano atrae la mirada del analítico por su facultad de asir con precisión las cosas, es el minúsculo protagonista que convirtió al hombre en el supremo menestral del reino animal.
     Un entramado de raíles aún recorre las estancias del Solar de Unhao; lo que fueron almacenes y mazmorras -depósitos de géneros y de almas- mudaron su destino a lujosos y elegantes comedores. En esas fechas, las vagonetas del opulento mercader iban a toda prisa en su transporte de mercancías, del embarcadero al negocio -fue un personaje minucioso y calculador de las ganancias y de las pérdidas, le preocupaba singularmente acrecentar sus patrimoniales circunstancias materiales. La urgencia trastocó a sus principales actores: los esclavos empujadores cedieron su sitio a los camareros de tinte menos riguroso que sostienen con gracia en el aire las bandejas. El atraque que fue arrebatado por los años permitió la supervivencia despedazada y sumergida de sus pilotes de madera como oración por testimonio de la existencia ida. En la habitación del fondo, sus tinieblas las separa una reja -frontera de libertad sin coto y aislamiento hondo-, sala de tortura para negros con negritud recalcitrante en la época de compraventa de siervos -el ser humano con las garras de sus ancestrales evolucionadas a uñas y sus dientes caninos aplanados giró a anatómicamente inofensivo, pero lo endemoniaron sus ganas de beneficio-, hoy es un comedero de postín -el daño y el llanto los oí sordos en el tintineo del vidrio. Preferí almorzar cerca de la entrada, en la mesa más próxima al arco del grueso muro franqueado al Atlántico que ahoga los restos madereros -náufragos condenados a la inmersión hasta su descomposición por escuchar sin rebeldía las desdichas contadas en boca de tantos pasos desnudos-, el perfil curvo del resplandor líquido de luz posa su ligereza en el suelo y ciñe mis piernas estiradas.
     La conducta agresiva ha progresado de su control por los instintos en los que gobierna la selección natural al ámbito en el que el saber emancipa el horror de la violencia o detiene la aflicción de su yugo, es una tutela de la selección cultural; este tránsito otorgó vida a la bestia más peligrosa del mundo porque devora con la anuencia de su frágil entendimiento y no tanto en razón de subsistencia -eran mis cabildeos recostado en la incandescencia de la mañana sobre la cubierta del velero que majestuosamente dirige su rumbo hacia la Isla de los Frailes. Es el racismo virulento el que sugiere cultivar la reproducción de la piel oscura que le pertenece en armonía con su producción suficiente, constituye una solución deficiente para un problema difícil. El contraste entre los bienes y utilidades disponibles prolonga la inferioridad estructural de los africanos obligados a ser americanos, con los siglos que han pasado penando no se ha logrado que esta situación les parezca aceptable, ni se ha domado la jactancia del blanco; ¿quién se queda con la carne?, ¿quién con los huesos?, opino que no cabe duda en esto. Hasta el sílex que ha cortado hierbas consigue un brillo especial de los tallos segados, pero ¿cómo ablandar los corazones y llenarlos de generosidad?, es inexcusable cruzar de nuevo la línea que parcela el proceder coactivo y el voluntario. En la arena cerré mis ojos, extendí los brazos y sonó mi voz con el nombre de un deseo frente al agua, es un grito que responde a una invocación por detrás de la memoria -aullidos angustiosos que ansían convocar presencias distantes. En los momentos mágicos, cuando el mediodía se retira en la tarde, clamé un recuerdo mientras la espuma venía a llorar a mí, descalzo; después de las olas distinguí, rezagada, a Itaparicá -es otra isla, más grande-, pero ambos rezos entre sí espaciados en el tiempo compartieron los ecos apagados de las oraciones con las que los monjes también aquí imploraron a otro amor inmenso. El resto de la jornada consumió su afán sobre la nave durante el regreso a Bahía en el atardecer lluvioso.