Río: siempre hay
una pelota en el aire


Al amanecer, una pesada bruma permanece sentada a la entrada de la ciudad, son los vapores del agua de la inmensa ensenada condensados por el sosiego que el calor hurta en la noche -el fuego del astro dispersará pronto tanta luz difusa. Quise recorrer a pie las playas en las que veintiséis años atrás asoleé mis sueños de futuro; me apasioné del mar y disfruté del entusiasmo por sus crestas líquidas de cabellera rizada por la brisa. La vasta inmensidad esclarecía con sus parpadeos de llama las sombras en ahogo de libertad del rostro de mi padre -en su entera realidad, anduvo quejumbroso a la búsqueda del respeto de la conciencia por la prepotencia. A partir de media mañana, derramé la caminata lenta que deja huellas efímeras en la arena; los bañistas de después juegan al voleibol con la red bastante alta -únicamente precisan de un par de postes que sujeten la malla, una pelota y la afición de más de uno. En Flamengo, al viento lo doman los gruesos velos de cuerda anudada y el azul del cielo se altera, un segundo sí y otro también, interrumpido por un sinnúmero de bolas en el aire. Al final, el ámbar mullido gira a roca dura; no hay más que seguir a los peñascos que rasgan las embestidas del océano obstinado y continuar el paseo por la rompiente -intento reiterativo por deshacer la maldita frontera de milenios. Unos hombres con la destreza de siglos y del hambre mueven ágilmente sus delgados cuerpos entre los riscos; acopian mejillones que guisan ahí mismo y desalojan de su cascarón al animal muerto. Alrededor de unas mesas improvisadas, limpian el bicho y reparten en silencio sus capturas; la piel oscura del recolector de orillas aparenta doblar a más bruno su tinte al extremo de los dedos por las faenas penosas con el molusco; de todas formas, el porvenir negado en los semblantes de los pescadores de puño vira a difícil la alegría del brillo que estalla en sus ojos: el nutriente va a los restaurantes elegantes y la maloliente concha reposa -protección franqueada- secándose al sol de siempre. Las gentes que se arrastran y queman leña en las piedras ¿están obligadas a aceptar que la recompensa por su despensa vacía consista en ahitarse por detrás de sus vidas, cuando en ésta son ignorados incluso por los perros que lamen las llagas de los postergados? La retina entretenida por mis reflexiones amargas tocó alivio en la gracia de las trayectorias parabólicas que se asoman por encima del sogaje; mi errar, desde ese momento, no discurrió taciturno en Botafogo ¿Por qué la profunda tristeza esconde constantemente su penuria al lado del alborozo?, ¿no advierten la gran aflicción colgada del firmamento al mirar hacia arriba mientras golpean el balón?, quizá simulen que lo desconocen; ¡pícaros!, huelen que la explotación no sobresale de los límites que minarían la base de su subsistencia.
     Me sentí perdido en mitad de la evocación de la época juvenil -el temor al fracaso y el anhelo desmesurado por el éxito no son los compañeros más adecuados. La erección pétrea del Cristo exhibe su especial magnificencia a los que llegan por barco. Era en la madrugada prieta de un verano lejano, a esa hora me embelesó el espectáculo que, por efecto del desplazamiento de los referentes, desciende y arrima a nuestro encuentro la colosal efigie sobre una bahía cercada de ascuas eléctricas. El monumentalismo del Dios que extiende sus brazos, en cruz carente de cruz, en la cima del Corcovado grava a la persona con la experiencia de su impotencia e insignificancia ¿tal impresión es la razón de la construcción ciclópea?, apostados en la perspectiva de los que mandan es posible, pero... ¿no consuela a los llantos que humedecen de frustración las pupilas de los que suplican?, sustenta la esperanza, es suficiente; ¿qué importan al Rey Divino los motivos de aquellos que no sufren? En esta circunstancia, no procuré subir de nuevo a su cumbre, el armazón que guarda atada a la alzadura fenomenal por la restauración que practican me trajo a la memoria las mordazas de los juicios -estereotipos difamatorios- que niegan hablar a las almas lúcidas y ciegan de hierros a las obras gigantescas; así no revelan el secreto de que fueron hechas por criaturas de carne y hueso, ni su argumento de afán por amedrentar a los espíritus indomables e incómodos ante cualquier restricción. Alguna vez se tiene que parar de mentir, abandonar la astuta estupidez y la fangosa socarronería: ¡qué pesadilla la de considerar al resto de la humanidad con desdén, no conforma la causa principal del revés!, es un hábito justificatorio de cara a las repisas abarrotadas por las incontables oportunidades malogradas.
     En las favelas se confina a los indigentes con unos servicios sanitarios ínfimos que no les ayudan a sobrellevar su desdicha por unos salarios casi inexistentes -constituyen una segregación residencial que rocía de obstáculos las colinas de Río ¿Quiénes aseguraron a la muchedumbre que por su propio beneficio la depauperación que padecen es una necesidad del orden de la tierra?, acaso supongan que la jerarquía la implantaron los dioses en su provecho. Allí se descubre a la monótona miseria excitar a la procreación en la miseria; es espantosa la proliferación que llena de chiquillos los barrizales de los humildes; soportarán hasta expirar la innoble ley de la barriga: del vientre dolorido por la inanición del que han nacido, asumen el rencor que desde entonces les duele. Parece insensata la relación de los natalicios con la supervivencia, no obstante, es una lección de seguridad y progreso económico que aprendieron de la tradición: de una parte, los mayores aumentan la probabilidad de que algún vástago cuide de ellos en su vejez y además, los hijos, al compensar su costo de crianza, aligeran el esfuerzo por mantener a la familia al incrementar la fuerza de trabajo que consigue dinero. El hacinamiento es intolerable, la barbarie se instala en las callejuelas porque al débil no se le garantiza contra el poderoso -vence o sucumbe- y la prostitución que emerge por aquí y por allá se debe más a la pobreza que al vicio. Las masas analfabetas e inopes son propicias a la dilatada suma de las demagogias y de los radicalismos, persiguen en la samba el olvido de su situación inabordable -en las verbenas de las ferias de San Cristóbal, cada cual goza su charanga preferida y se regocija en su fiesta ¿Es que pretenden reunir ánimos en el hechizo de su ritual, amalgama de alcohol y de santoral negro? El origen del modo de vivir no es el producto del pensamiento de un genio inventor, las pautas culturales son adaptaciones de la conducta que se abren paso desde el inconsciente, repetidas a lo largo de generaciones -consecuencia de las condiciones que influyen en los individuos.
     Una cadencia enervante nos guió en misión sugerente de reclamo por los estrechos pasillos que ceden, sin ocuparlos en absoluto, los mostradores de los vendedores de artesanía en el Mercado de Ipanema. Durante sobrado rato, un mulato bien proporcionado retuerce su anatomía al ritmo del frenesí -mezcla de desolación y entrega a los ancestrales-; es placer ebrio por las divinidades de su raza y expresión externa del suplicio por el viejo viaje en el que arribaron sus anteriores: forzados y amarrados. Las contorsiones sincopadas del talle elástico recrean los sonidos y su atención propugna alejamiento de pragmatismos. Los instrumentos no cejan en sus lamentos por la percusión; a nadie le apetece que se detenga la plástica que dinamiza al conjunto; saben que si el africano descansa, el acompañamiento que lo agita se calla y si los músicos ahorcan el canto que modulan con sus manos, el endemoniado achica con un pañuelo de colores el charco de sudor que brota en su frente y toma con respiro un asiento -la magia, bestia insaciable de danza enloquecida, se retira a distinto sitio donde el movimiento trastornado alcance el éxtasis. Me distraje contemplando unas cajitas redondas adornadas con trocitos de espejos que devuelven segmentos multiplicados de mis facciones, las pequeñas cuentas chillonas terminan la decoración llamativa; aprecié el regalo de hace tiempo, compré el recuerdo renovado y percibí la esencia y la presencia.
     El mediodía generoso despierta reflejos que rodean las figuras morenas de las espléndidas hembras cariocas tendidas en Ipanema. El reborde del espumaje no distingue los nombres diferentes que se dan al litoral, nos adentramos saltando el oleaje de Copacabana. Las mujeres, que se acercan a la linde de la blancura, vagan a manera de baile -ya nos son naturales sus contoneos. En la tarde, peregrinamos por la longitud de la avenida costera salpicada a lo ancho de tarimas y camiones con amplias pantallas para que el viandante -ocasional o funcional- visione los mundiales; en el preciso instante que el equipo de Brasil colocó al Sueco el primer gol, una traca de petardos caía desde las ventanas de los edificios: los zaguanes y balcones nos refugiaron de la algarada futbolera ¿o patriotera?, en este país, esto se confunde.