En Sucre, el toque a sublevación
rajó la campana franciscana


Creo que fue demasiado larga aquella caminata que inicié en la plaza 25 de Mayo -en el centro de la ciudad- hasta el convento de La Recoleta -situado junto a la periferia. Sentí el andar a lomos de loma cansado en el último tramo que hallé tumbado en la pendiente continua, recta y pronunciada. La vista del valle donde se fundó Sucre emerge magnífica desde la explanada que se descubre delante de la iglesia; la grata impresión no discute al suave viento fresco la oportunidad de convocar al viajero a tomar el asiento inmediato a la balconada. Previamente a la colonización, los indios Charcas venían por aquí ganados por la atmósfera mítica de un noble roble gigantesco; a la sombra de sus ramas rindieron el culto de sus ancestros ¿condicionaría este antiguo rito a los frailes para edificar a su alrededor el conjunto?, la cercanía del mito legitima la elección porque la magia del paraje animó siempre a la reunión. En el museo aprecié los cuadros con alusiones indigenistas a la mística reciente, pintados por indios aunque no lleven sus firmas ¿para qué dejar constancia de sus habilidades si además éstas son exquisitas? En los minutos del respiro de escaleras, contemplé por un buen rato la evocación lapidaria de Don Pedro Blanco, asesinado a tiros allí mismo en el templo -la intervención afectiva y comunicativa en el ámbito sagrado de unos y otros no evitó la venganza.
     ¿Qué ansias de emancipación contenida se soltaron de las gentes de La Plata el 25 de mayo de 1809?, percutieron con tanta fuerza el badajo contra la hechura de la campana franciscana que se resquebrajó su factura. En el vórtice de la sublevación, la impronta agitada del hombre no atañerá a su esencia informada. Es cierto que los conquistadores se marcharon y también lo es que cuando el tiempo ahogó la solidez del sonido, la capitalidad se fue a La Paz. La burguesía que aguanta después que el poder se va enseguida resulta de provincia, se la nota encopetada y todavía agarrada a la añoranza por las glorias rancias. Desde mediados del siglo XVII, la juventud estudiantil persiste en volver a Chuquisaca atraída por la Universidad de San Francisco Javier. La población india aún permanece confinada en la parte inferior de la estructura social ¡Hace tantos años que fueron marginados que pocos se acuerdan de quién o quiénes los descuidaron en tan mal estado!, los que nacieron de ellos han arrastrado desde entonces todas las desgracias que engendra el desprecio; sus siluetas descompuestas no deben confundir, ¡son humanos!, ¿no lo demuestran acaso las formas de sus pies y las manos?
     Una espléndida tarde adentramos el paseo por el cementerio; unos muchachos ofrecen sus servicios como contadores de los hitos acaecidos en su país. Apelan a la memoria de la supremacía extinguida en tanto presidente difunto para lograr aflojar el bolsillo del visitante por el flanco de la ingeniosidad pícara en la representación del drama; recurren a hacer caso omiso de la cronología, con lo que se origina una nueva plástica y refieren la segunda defunción de algún primer jerarca durante la función vocal de la crónica declamada. La robusta mocedad de aquellos poetas de camposanto llama a la vida; su oratoria de carretilla, en cambio, renombra a los muertos. Alguna que otra vez les oí citar una determinada característica burlona del personaje: ya fuera relacionada con el sostén de una o varias amantes o encadenada al gusto desmedido por el alcohol. El despabilado guía de marchitos ilustres incluye en su narración que al patrón Danza le sorprendió borracho en Oruro la toma de Antofagasta por los chilenos -parece que algo de verdad tiene la aseveración, porque sé que con posterioridad fue detenido bajo acusación de traición. En más de una circunstancia tararearon invertido el devenir de los acontecimientos al intercambiar los ejercicios en el mando de los finados, y así, ubicaron la guerra del Chaco con anterioridad a la batalla del Pacífico. Ante un monumental mausoleo construido en mármol de Carrara, la multitud de chiquillos que nos escolta insiste en el elevado costo como estima de esplendor -confieso que juzgué horrorosa su pretendida grandiosidad-; otro de los más avispados comienza el recitativo monótono, y es que si no lo prevengo todos quieren cobrar -por medio del truco de la participación en la explicación- al extranjero extraviado en el bosque de nombres y períodos. Entendí que las respuestas a mis preguntas se asemejaban más a un argumento esgrimido para salir del paso que a una razón basada en la historia; tuve que mantener sus contestaciones ocurrentes en clave de hilaridad, porque pensé que corría el riesgo del equívoco si prestaba mi entendimiento a sus consideraciones ¿Quién o quiénes hicieron saber y poner a funcionar esta extraña costumbre de mentir con los idos por testigos?
     Frente a la plaza celebrada por la importante fecha del alzamiento y apostado en la esquina próxima al palacio que fue de gobierno, abre un enorme caserón su puerta aristocrática. La columnata que rodea el patio principal sustenta la galería superior que lo bordea y esconde al raso la escalinata que enlaza las dos plantas. En su salón de rango acudí al homenaje que brindaban las autoridades locales a una compañía eléctrica por su inestimable prestación a la municipalidad; ¿dije locales?, asimismo asistió un hijo del lugar encumbrado en la política de la metrópoli, llegado para la ocasión. La simetría longitudinal del soberbio recinto dispone a cada lado un púlpito -decorado con gran belleza- que interrumpe la monotonía de su estirada sillería; desde esas atalayas de la sala se defendieron las tesis doctorales de los eruditos de la época. Los obreros de la fábrica de luz, vestidos de domingo, entonaban dóciles el himno de la empresa en el momento en que abandonamos la linajuda mansión. Al día siguiente, leí en la prensa anuncios de apagones en el alumbrado artificial, y es que la fiesta quedó atrás, ¿para qué entonces la iluminación?