El brillo de la plata
iluminó la dualidad del alma


Al entrar en la construcción que fue Casa de la Moneda, fortaleza y prisión, se evidencia extravagante el enorme mascarón sujeto a la balaustrada de la galería superior que recorre el patio. En la solemnidad agobiante del ordenamiento erigido en tonos apagados, se mantienen callados los lloros de la fundición derretida del crisol a sus moldes y perseveran reservados los lamentos por el dolor acontecido, encorvado y extenuante. La candidez irritante de la grotesca sonrisa esbozada resiste a la historia de llantos atada a una careta abrumada por un exceso de colores. Recuerdo una huella honda en el suelo de tablones de la planta alta; oí que, por años y años, los naturales modelaron la oquedad al apoyar tenso el pie en la carrera corriente de su intensa faena. Desde entonces, el viaje del tiempo tornó invisible el perfil de sus cuerpos; no obstante, en la depresión, su curso retuvo inviolable el espíritu común. La gigantesca recolección y estampación de la plata se vertió afuera -lejos-, en nada benefició al pobre de la tez del cobre -mimo en mi retina su vagar, no conoce siquiera dónde vengar su hambre de comer. El sofisticado artilugio mecánico que permite manejar con una sola llave los múltiples puntos de cierre del cofre no consiguió evitar que hoy lo advierta vacío. En el período de la opulencia, dudar del adecuado carácter estructurado del sistema roza la imprudencia, y por esa pequeña fracción de la inteligencia, el que goza silencia la sinrazón y se adhiere a su justificación; aquel que procede a pensar y accede a expresar su recelo, es apreciado realmente peligroso, y será seguramente muerto. Cuando se agota la abundancia se agudiza el calvario, huye lo necesario y no queda más que el folio inexcusable a la denuncia. Vigoroso instrumento de testimonio a pesar de componer débil apero de rabia e insignificante avío de represalia. Las colosales ruedas de madera giraron arrastradas por los mordientes de otras menos pesadas. El movimiento que echa a andar por la fuerza animal aplicada en el piso inferior se dedicó a adelgazar las pletinas argentinas al espesor del dinero; hace ya más de un siglo que el círculo agonizó su tarea -rotura de monotonía cíclica- y pasó a modelo redondo e inmóvil, sostén del quieto aburrimiento ¡Cede, obedece, padece y desaparece!, es el desdén invariable de los adueñados de la riqueza sobre sus obligados ahítos de tristeza. En la conciencia del indio se conservan soldados el aguante del dominante y la repugnancia por su situación de subordinación. Un perito canadiense que trabaja en Cochabamba no salía de su asombro al recrear el fantástico traslado terrestre de la maciza maquinaria de hierro -la trajeron de los Estados Unidos y fabricaron con ella las monedas. Después de emanciparse de España, la tecnología vino casi siempre del Norte -leí en el relieve de la marca: "Filadelfia". El quid que resuelve la distancia superada no es cabal perseguirlo ajustado al trazado de vías, ni tampoco en el ingenio del transporte habilitado -en el ambiente rápidamente se nota una atmósfera muy favorable al germen de la sospecha-; se vuelve patente el temor de que la cínica respuesta resida en el espanto del descomunal esfuerzo humano urgido, sin tregua de violencia. Hasta el más rastrero espectro del poder disfrazado de criatura descargó su rencor oprimido con empeño, y el velo con que trataron de cubrir la ignominia más que ocultarla, la desvela. Resulta algo menos que imposible reducir a la horma de la escritura el aliento suspendido por la experiencia de contemplar en los vestigios del metal su remanencia de privilegios prendidos a la locura; se siente una punzante emoción causada por un viejo e indecible sufrir que insulta.
     Del lado del ojo abierto, la codicia rubricada por los hechos reclama de los indefensos su tributo de cadáveres; del costado del ensueño, la esperanza afirmada por los ideales presupone vencer el engaño y supone viable mejorar el mundo que dispone ¿Acaso haya demasiada ingenuidad en hablar de esta manera acerca de la dualidad hallada en la constitución del hombre? Por más que insista el buscador en la doble fachada del ser -la innoble y la noble-, no encontrará un solo testigo ocular listo a ratificar lo que a todos les tocó ver, porque a despecho de que es sabido que ciertamente malviven independientes, las dos vertientes -la maloliente y la valiente- se amalgamaron completamente. Me son tan familiares sus detalles que doy por sobreentendida la relación consubstancial de ambas categorías con la esencia del alma ¿Conviene preguntarle a un individuo de qué flanco está recostado su ánimo en esa hora?, no parece que sea imprescindible el aviso de cambio al propósito distinto -regresará a la esquina del fuego que quema lento al menor escollo ¿Palparé a partir de ahora más fácilmente la intimidad de lo que subyace en los actos nacidos de esa comunidad de temples?, a veces, tengo la impresión de penetrar, durante unos breves instantes, en la comprehensión del comportamiento averiado que asumen unos como motivación sugerente a la pasión por existir de otros -opino que sus conductas se iluminan recíprocamente. Es preciso llevar adelante una voluntad enérgica y constante, en extensión y en profundidad, para reblandecer las inclinaciones nefastas y esclarecer las tendencias faustas que impongan el renacimiento de la credibilidad en la persona, y lograr así plantar la confianza en el lugar donde primordialmente brotaron las ganas inmensas de devorar. Es una utopía, lo comprendo, pero si se consiente en liberar un poco las exigencias de la racionalidad es posible concebirlo -ojalá que tal convicción surja en cualquier rincón y ocasión-; se llegaría a reconocer a lo extraordinario formar parte de aquello que ocurre a diario, y el sabor que poseería la vida -distendida entre lo infrecuente y lo frecuente- lo imagino único.