Perdí La Paz en Potosí


Un momento antes de la salida y por pura precaución pregunté en la boletería si el autobús que viaja desde La Paz a Potosí disfruta de la calefacción adecuada que combata el gélido trayecto; "el calor del apiñamiento humano es suficiente" -respuesta escueta y, no obstante, concluyente. Corrí veloz hasta el mercado de la calle Sagárnaga y adquirí dos mantas que todavía conservo; ciertamente no son muy bonitas, pero hicieron más llevadero el atolladero de pasajeros. Trabé conversación con un prójimo próximo a mi asiento en la primera oportunidad de parada; resultó ser un ingeniero de tez cobriza y con el pelo negro revuelto; me habló de su empleo en la fusión del estaño y de su simbólico salario. No reparé en indagar su nombre ¿qué importa cómo le llaman?, defiendo del olvido su estampa afable entretenida en el oficio de limpiar de ganga la mena. Ocurrieron roturas y pinchazos; en cada accidente aprovechamos su excusa, estiramos las piernas y curioseamos en la enmienda del agravio mecánico -y así, de remiendo en remiendo llegamos a la madrugada.
     Imagino que es posible acostumbrarse a la gran altura, aunque confieso que padecí de mareos en oleadas mientras permanecí atento al husmeo de la historia y advertí el presente evidente en la ciudad donde sentó sus reales la riqueza, transformada hoy en mortaja de pobreza. Concibo que por urgente necesidad se desarrolle una resistencia tenaz al frío intenso en la cresta andina; por mi parte, percibí más agudo el abandono fijado a la penuria de los rostros maltrechos por la intemperie. Supongo que una suciedad habitual en el alma y sobre el cuerpo cumple con extraviar los ojos, y que también la vista en la medida de los años se familiariza con la confusión del yacimiento. Sin embargo, no creo que sea sencillo acomodarse al hambre -bestia furiosa y pegajosa- porque esta angustia de mi semejante, que siente la comezón de sus particulares reservas, es para él lo más trascendente del mundo y él mismo se considera ombligo del Universo. Hurgar y mordisquear en las basuras del vecino ¿suavizará su desazón de tripero?, su desánimo atormentado confirmará su condición de paria devorador de carroña ¡y de qué modo suspira por el enderezamiento de su miseria de pesadilla! Su principal sosiego es la hoja masticada -despreocupa la mente de las inclemencias del tiempo, la porquería y las ganas de alimento. Cuando cruzo el umbral de la hermosa fachada barroca tallada en la iglesia de la Compañía, el interior apagado queda ahogado en el color mitigado sujeto a la vestimenta de los que ocupan por entero el recinto sagrado -no recuerdo ningún semblante de piel clara. Parece difícil sospechar que el nacido bronce y el blanco, con existencias tan diferentes en la Tierra -infaustas y faustas-, compartan un lugar común en el destino carente de rangos por detrás de la vida ¿No se introduciría subrepticiamente algún error en el mensaje divino?, la mirada distante e inexpresiva del indio se asimila bastante a una acusación.
     A ambos lados del camino que conduce al Cerro Rico, se colocan las mujeres vendedoras de la coca. Durante horas los adultos y niños mascan el vegetal amargo junto a la bocamina; de esta manera, mantienen a raya la desolación batida en la extenuante labor ausente del consuelo por el esplendor solar. Anduve en cuclillas largo rato robando sombras con una lámpara de carburo a la lóbrega galería que penetra a la entraña de la montaña. En múltiples ocasiones, unos individuos de estatura arreglada a la talla del pasadizo adelantan la marcha lenta del grupo -cargan a sus espaldas con un saquito lleno de esperanzas-; descienden al cuarto nivel, a una hondura de unos ciento cincuenta metros y la temperatura por encima de los cuarenta grados. Proseguí por un agujero del ancho de la cintura al segundo estrato, el aire sofocante lo aspiré irrespirable por culpa del bismuto y el arsénico dispersos en la atmósfera enrarecida. Se oye un piqueteo constante aquí y allá manejado por las criaturas diminutas tumbadas en los nichos que perforaron en demanda de la vena codiciada. Debido a su estructura ósea reducida y la función que desempeñan -buscadores del metal brillante embrutecidos en la oscuridad- ¿a qué género clasificatorio pertenecen estos desgraciados? En un hueco practicado en la roca señalé la pequeña figura de un demonio con ofrendas variadas y un cigarrillo encajado en los labios; ¿no es por tradición oral que saben de la autoridad del diablo allí dentro?, en la noche perenne de su profundidad abierta, la facultad del rey de las tinieblas no deja sitio alguno a la ambigüedad. El criterio del mando lo informó siempre el sacar con suma prisa del fondo la calidad del subsuelo; a su lógica no interesó la cantidad de los miles y miles de personas roídas y raídas -despojos- ¡flagrante contradicción de la igualdad entre los hombres en razón de la extracción! En aparente paradoja, estas circunstancias extremas generan el caldo de cultivo en el que germina el obligado decidido que aprende las artimañas de los amos y domina a sus hermanos tomando la opulencia y el poder con la mano. No sólo se adueñó de un buen bocado del origen de la plata sino que además compró las fundiciones en Inglaterra, cerró el círculo de la producción y se convirtió en uno de los tipos más adinerados de su época. El arte concurrió entonces al caserón que Patiño construyó en Cochabamba -dio rienda suelta al lujo desbocado y satisfizo su gloria. Al disparatado palacio lo juzgo el final enervante de un túnel minero caído de la luz ¿No pretenderá alguien despistado reconocer sus significados propios en este pedazo dislocado del planeta?, habrá perdido la cabeza como las sardinas en lata ¿Por qué lo descubro todo violento y arriesgado?, los únicos que no pegaron fueron aquellos que sufrieron la enfermedad de la pereza. Continúan los desventurados bordeando la muerte en sus trabajos bajo tierra y, con sobrada frecuencia, se desploman en ella.