Aquí en La Paz, la violencia de siempre
es áspera como sus rocas de Luna


¡Qué impresionante es la estatura trágica de este país apretado por sus fronteras, móviles hacia el interior cada vez que se habla de ellas!: en la Guerra del Pacífico cedió su puerta al océano y Antofagasta constó desde entonces chilena; Argentina arrambló con una parte importante del Chaco; Brasil mordisqueó sus dominios en la Guerra del Caucho y ya nombré a Paraguay que en la Guerra del Petróleo aumentó su demarcación al oeste de su río. En esta tierra de coraje, del triste fruto alcanzado por su gente puede extraerse el origen de su condición; la anegación que padece la muchedumbre se sentó a la salida maloliente del vientre junto a las aguas estancadas de sus lágrimas indias y mestizas por la mucha ruina salvaje. Más que en desafiar del brazo de la utopía el lamentable perfil de realidad que encuentro, me esfuerzo en conocer el pedazo de vida humana que ajusta su dependencia a la cosecha de la aflicción en la insuficiencia. Sé que a ratos instintivamente requiero protección, más en el tono de respiro -entretanto espero la reacción de la corriente- que del ángulo del remedio, porque me es imposible olvidar su molesto carácter analgésico. La crisis, que se ceba en la dificultad por adaptar la sensibilidad al estado de cosas que distingo, me encadena al pago en el precio marcado con las monedas del dolor. Por estos parajes en cualquier tiempo, las personas de bien desearon salvar las almas de los pobres diablos, pero jamás su libertad. Obviamente, si alguien busca una oportunidad de cara a estropear sus ideales lozanos acerca del hombre, la conducta averiada de un montón de los que residieron por aquí le hará fácil la tarea, incluso cuando llegue a averiguar la regla de que los mayores desatinos a veces son controlables merced a la negligencia que es consustancial a la incuria. La razón quedó casi siempre en la penumbra del socavón de angustias -pensé mientras me alejaba de la ciudad a galope tendido agarrado a la locura de los caballos mecánicos trabada a la premura del taxista.
     Percibí en la tarde los hirvientes episodios del océano de peñascos encrespados a la manera de una ferviente oratoria de materiales escapados; en el Valle de la Luna fueron aupados al firmamento por las fuerzas telúricas en las figuras de cuerpos viscosos endurecidos y sofocados. Como en un intermedio wagneriano, experimenté el descanso de tanta violencia vuelta roca comisqueada al seguir con la mirada a la chola que pasea los encendidos y variados coloridos, amarrados a sus telas, en la bruna carretera de asfalto que cruza la sólida ebullición, y es que el negro del bombín únicamente halló asiento en el oscuro del cabello sujetado en su larga trenza ¡Extraña vestimenta la de estas hembras!, el ansia por asemejarse a las señoronas blancas de la época las indujo a refugiar sus gorduras en los singulares ropajes. Ese apetito por igualarse se estima que es el punto más permeable y por él se introdujeron los adornos y actitudes ajenas -la mentalidad diferente dejó afuera ignorados los significados que acompañan a los trastos y al ademán. El vínculo invisible entre la robusta mujer y la naturaleza abrupta parece deslizarse en sueños de mitos escritos en torno a la obligación de la coexistencia posible. La luz amórfica del día extenuado prescribe en esa hora la fiesta del crepúsculo, que en impetuosa connubilidad recoge sobre la caprichosa promiscuidad de las formas vigorosas el intenso fondo azul penetrado -durante el resto de la jornada se mantiene prohibida la fantasía del colosal jolgorio. El cielo, en esos instantes de magia, cubre con una inmensa cópula un trozo de sí mismo que es la Tierra -pertenece al comienzo de la noche el maridaje fortuito y repetido que publica el gran secreto resistido.
     En mis últimas rondas por La Paz visité el Museo Marítimo -aún no consiente la conciencia de esta nación la pérdida del mar- ¿qué embrollado argumento esgrimirán los mandatarios para justificar la posesión de un barco que pocos vieron navegar? Extraviados en aquellas calles, permitimos a la curiosidad indagar en los motivos de una huelga de maestros anunciada por
unas pancartas que cuelgan de la fachada del sindicato. Después de atravesar distintos salones y un escenario, entramos en la pequeña salita donde discutían la marcha de los acontecimientos; una profesora de cierta edad contó a mi compañera los múltiples problemas con que se enfrentan allí los que tienen su idéntica profesión: el escaso sueldo -diez mil pesetas al mes-, las intromisiones de los militares en sus órganos de dirección con el pretexto de defender los intereses de la patria y las obstaculizaciones de la cúpula civil a fin de evitar el concierto de una clase ¿Es la incultura de un pueblo entero el objetivo que se pretende conseguir?, la siega no será otra que carne de escopeta y mano de obra movida por la bayoneta. En mis recorridos errantes, recuerdo que anduve por la plaza de Pedro Murillo ¡Cómo se siente en aquel lugar la brusca historia de Bolivia! El héroe de la independencia a quien conmemora el recinto murió decapitado en 1810; al caserón del gobierno, en diversas ocasiones saqueado, se le apoda Palacio Quemado; también aprecié la farola de la que una masa enloquecida y manejada por la rosca -la burguesía minera- colgó a su presidente Villarroel en 1946. En todo este rebumbio desenfrenado y sospechado ¿de qué modo afirmará el gajo de la raza andina que contemplo su medio y sus raíces?, reflexiono que el camino adecuado pasa por la asunción y el respeto a una sociedad multirracial, y por la comprensión de la herencia policultural que configura su idiosincrasia. El tañido de las cuerdas resulta agradable unido al sonido de la quena y del cobre.