El silencio quedó en Tiahuanaco y
el riesgo vigila en Coroico


Los testigos pétreos hundidos en la tierra han marcado en el paraje un ambiente de historia; otros declarantes de roca trabajada resistieron la condena a la hondura total en el curso del tiempo, y yerguen su media alzada reacia a la luz en mitad de la mañana. En la atmósfera clara del resplandor crecido del mediodía, detuve el paseo por los restos del drama, delante de La Puerta del Sol ¡magnífico monumento que en múltiples ocasiones, de niño, me extasió contemplar fotografiado en blanco y negro!... y hoy me encuentro aquí ante su solidez erecta, imbatida por los siglos y por mis semejantes. Muda majestad residente en remota y soberbia actitud penitente. Recuerda épocas perfumadas por el esplendor y temporadas desarboladas traídas por el hedor de la derrota. Los sucesivos períodos incaicos edificaron encima de lo construido y derruido en la etapa precedente; de esta forma, la nueva supremacía toma el asiento del viejo vigor y queda así establecida la fuerza indiscutida en el ámbito de la firmeza huida. Los símbolos de la eficacia y estulticia, al igual que el axioma, no requieren demostración, únicamente verificación. El pueblo de Tiahuanaco no está lejos de las ruinas famosas; allí las autoridades que hablan en la lengua de los conquistadores de hace quinientos años llevaron trozos de la maestría india al templo católico, y noté asimismo el talento que maduró a la piedra de leyenda en el dintel de una sucia cantina. Nefastas reutilizaciones, soportadas por unas argumentaciones de dominio, de la sobria disciplina labrada sobre los materiales duros. Desaparece la distancia que parece infranqueable a la lógica por debajo de la conducta común que emparenta a los hombres que dirigen a hombres a pesar de sus culturas dispares, circunstancias y fechas. La inclinación que siento por estas reliquias la debo menos a la razón de lo que son y más a una tendencia por alcanzar el flanco de la percepción confesado en el trato desgraciado dado por las potestades -pregonan que la estupidez es el modo de actuación adecuado. Fatigados, con el día agotado, nos marchamos a dormir en sueños de calma a la Capital Alta.
     Al amanecer siguiente, en el vestíbulo del hotel Sucre entretuve la fastidiosa demora sujetando la impaciencia con una ojeada a la prensa. Me llamaron la atención las esquelas de aniversario por la defunción de bolivianos héroes en la guerra del Chaco, ¿no leí con anterioridad detrás de la frontera invitaciones idénticas?, en las vitrinas de la gloria también los paraguayos resguardan la memoria de sus valientes. Desde que la paz retirada aconteció al final de la contienda sangrienta, los muertos yertos a ambos lados despachan el insoportable silencio sordo después de una pelea entre hermanos -lucha cruel por un territorio áspero. Fijé mi interés en un anuncio, insertado -imagino- a petición del Presidente de la República con el propósito de alertar a la gente del peligro que corren si creen ingenuamente a una señora que simula ser la primera dama de la nación con el insano objetivo de obtener beneficio del timo. Advertí inoportuna la denuncia de un columnista por el pésimo estado de la ruta habitual a la yunga, porque para allá aguardaba el transporte ya largo rato; logró ponerme nervioso el dichoso comentarista en su relato del último accidente ocurrido al despeñarse un autobús. Padecí realmente insufrible el trazado de la carretera adosado al precipicio, y es que relacioné en mi mente, durante la angustia del viaje, el tortuoso camino con la estampa de la serpiente -seguro que al menor descuido muerde de muerte en la caída. El trance, bordeado de cruces enramadas con flores ahora secas -conmemoraciones fúnebres-, no es una conjetura, resulta evidente, y aunque lo arreglo como ausente no consigo evitar continuar asido a su presencia. El rumor del viento que agita la planta de la coca sugiere a la voz el secreto desvelado en Coroico -en el escondite hallado, comprendí cosas al valorar callado el publicado cultivo de la droga prohibida. Percatarse de las presiones y manejos no sólo implica saber, además revela las mismas miasmas del poder
que sacraliza lo que es meramente trivial por medio de gestos y aspectos solemnes, a la vez que en un giro de su rostro arma el mohín con que ridiculiza los asuntos de importancia ¡qué torpes son sus expresiones obscenas acerca de la penuria!, ¡cómo ironiza lo que le hiere o no le conviene cuando adopta en su embate posturas, muecas y gritos!
     Al atardecer llegamos a la iglesia de San Francisco -en el centro de La Paz-, la calle Sagárnaga substrajo nuestra curiosidad a la ascensión de su pendiente. En ambas orillas de la vía, reconocí las estrechas aceras abarrotadas de géneros textiles, consideré las mercancías ordenadas en bancos de madera y colgadas en las fachadas de las viviendas que ciñen la angosta subida. Las vendedoras con una paciencia infinita propia de cholas señalan la profusión colorista atada a la geometría dibujada. Perdí la noción de las horas trascurridas hasta el anochecer, recorriendo despacio la afluencia humana carente de prisas en el laberinto de callejuelas que se ramifican a una banda y a la opuesta de la cuesta. La vistosidad de las creaciones artesanales y las fantásticas composiciones visuales que surgen a cada paso, organizadas por las robustas mujeres y sus tenderetes, compensan el cansancio. En la esquina con la travesera Linares, los productos expuestos son distintos: los fetos de llamas incitan al esmero personal en la observación de lo peculiar, la diversidad de las hierbas que sanan carga los mostradores con el conocimiento antiguo aplicado a la mitigación del dolor y los extraños polvos preñados de misterios aguantan la superstición convocada en los momentos en que la solución se agazapa asustada; ¿los privilegios de la magia no obligan a que el lugar se nombre el Mercado de los Brujos?