El Titicaca boliviano que conocí


El chófer dispone en riguroso orden los documentos oficiales -se ponen serios cuando se trata de traspasar fronteras. Los mozos de la compañía arreglan el equipaje grande de pertenencias en el sobretecho -las cuerdas y sus enredos son los guardianes de la carga. En el momento convenido se inicia el afloje de frenos y el que maneja aprovecha la cuesta y arranca. Ya no es sino prudente deriva en el oleaje humano ¡Chocante toque de sombrero en hongo negro, bombín sucinto que corona sus cabelleras anudadas y oscuras! Perspectiva de asiento. La magia de La Paz surge en el particular torbellino de las gentes oriundas que persisten en sus costumbres de andares y en la peculiar indumentaria femenina de enaguas anchas y gruesas, atolondradas de colores. Las hembras, estrechas de pobreza, tienen la majestuosidad del altiplano asentada en cetro de luz negada sobre sus peinados. Es ave posada, sus cortas alas le impiden el vuelo y ahorran a su rostro mezclado escasa tormenta de sol. En las afueras de la ciudad, en mayor cercanía al cielo azul -a fuerza de más elevación-, una pieza del vehículo resiente su agonía, expira al fin y en etiqueta de desespero aguardamos que aparezca el repuesto adecuado -todo se rinde a la evidencia del abuso. Una rueda de mujeres barre una calle que no recibió el asfalto; es inútil -imagino- levantar el polvo que regresa a su rincón antiguo de cobijo en el suelo. El batimiento de sequedad ocre en el diáfano aire gélido difumina la estampa rítmica del vaivén grupal embutido en aquel genuino resplandor alterado -obstinada limpieza interminable. En el adiós no reparé en que el blanco del Illimani amortajara su ajuar perenne, tampoco me apercibí de que abdicara de su facultad erecta, ¿acaso pináculo divino?
     La ruta del lago se abre a un entorno carente de atuendo vegetal, y a tal altura, la inmutable bóveda celeste es un desnudo de nubes. Durante bastante rato, el paraje que viene reverberante no sorprende, se extiende incansablemente monótono. La travesía pasada se lamenta del silencio que las rodaduras arañan; ¿y su protesta?, grito de piel áspera ¿Es inherente al hombre que avanza por sus vericuetos trastornar la llama y turbar la atmósfera en la búsqueda del infinito? De pronto, se convoca lo inesperado y la pista fenece; cruzamos: los pasajeros en una lancha y el microbús encima de una plataforma flotante -mutación obligada de tránsito de la vía sólida a la fluida. La embarcación es vieja, ligera y de estructura raída; su calafateado es de años atrás -demasiados, supongo-; lentamente, la savia helada penetra por sus hendiduras. "No se preocupen", vocea el barquero prolongando silbante las eses -agudo sonoro boliviano-, "está calculado, lo que se filtra no nos hunde". Afortunadamente, la experiencia, que es la madre de la ciencia, garantiza el arribo a la margen opuesta, pero es la hidráulica la que explica con sus leyes que ahora el caminar sea chapoteo interior congelado en calcetines empapados. De nuevo ocupamos nuestros bancos más seguros en el seco acarreo terrestre y ocurrió la llegada a la península de Copacabana en mitad del sueño de su siesta.
     Desde la terraza del Hotel Presidencial contemplo en calma el mar dulce -avalo que la denominación del establecimiento la recoge más de Presencial o Testimonial que de Directorio. Unos jóvenes discutían largamente con el patrón de una motora el alquiler de su servicio. Erguidos en la orilla, el regateo es incesante con aproximaciones y alejamientos; las ondas lamen los pies y se retiran ¿De quién fue la victoria de la mucha lucha?, él obtuvo el precio justo y nosotros el delicioso viaje a la Isla del Sol. Jamás reconocí con tanta nitidez como entonces la frontera entre el agua y la tierra en su bordeo por las montañas emergentes. Navegaba en un ensueño ¡cuántas veces anhelé el encuentro!, se me antoja que en la infancia y del brazo de la inocencia visité estos contornos. La impresión que percibo, más que novedad elemental, es reencuentro; constituye un saludo amable en el tiempo de siempre y en el espacio único ¿Es la existencia un periplo sincero por las inquietudes primeras?, ¡y yo qué sé!; básicamente, corro y recorro mi vida entera.
     Adelantada la tarde, se llevó a cabo el atraque. Un montón de niños abandona suciedad en su juego de baño -nadan en el abrazo del frío a la prominencia ígnea. Descienden de sus casas de adobe por unas desmesuradas escaleras con la intención de solventar el aseo corporal -al ascender las gradas se tornan sendero. En la zona menos escarpada del trayecto, una bella iglesia hermosea su silueta en el contraste azulino del líquido y el éter. El terreno se ahueca en viviendas y mas allá en escuela. Al horizonte, la Isla de la Luna. Constelación lacustre inmóvil en presente continuo, sin eclipses ni ocultaciones alternativas -en el día, se muestran; por la noche, a la vez, se apagan. Erramos por una tumba de edades remotas, piedras en piedras y algunas abatidas. Un chiquillo vestido con ropa gastada -de moda olvidada-, nos dice su nombre de difícil memoria, arrogante al contraluz parece el postrer vestigio de una raza que en su época germinó brava. La gorra yanqui -roja diluida a rosa-, ni siquiera es un signo de modernidad; por contra, resta trascendencia a su cuerpecillo guerrero aupado en la cúspide del túmulo ¿Por qué los hijos débiles de los héroes sojuzgados suben a las atalayas y otean? ¿Conjeturarán que el trasiego de foráneos -peldaños arriba, peldaños abajo- son los poderes de su imperio quimérico? ¿Observarán desdeñosos a la masa de curiosos a quienes permiten ver?, ¿y comprender? Sus miradas indescifrables, en solución de secreto, ahogan definitivamente de respuestas a las interrogaciones del alma; mientras volvíamos, el vigía dominaba el atardecer en el remate funerario de sus ancestros.
     Unas tostadas y leche apartaron el letargo de los estómagos; de la expresión lo ausentó antes la intensidad glacial de la amanecida. Dos señoras rodean de halagos a otra de abrigo más elegante -su marido es una encumbrada autoridad policial de la capital andina-; las viudas de mandamases medianos, habituadas al copioso manoseo, practican su misión eterna, el lisonjeo. Les entusiasma que seamos de España. Me preguntan por mis emblemas ¡yo sólo gané diplomas académicos!, contesté; a pesar de que les agradan y valoran mi grado, insisten acerca de personajes, condes, duques y marqueses con que les distinguieron en una fiesta -Franco trajo por encargo a los criollos de lustre. Creí preferible no manifestar extrañeza, más bien naturalidad en el conocimiento de ilustres -retengo sus títulos de la prensa del Movimiento Nacional. La dueña de las casadas con cónyuges fallecidos, más distante, sugiere que asistamos a la inauguración de un mingitorio. "No hay derecho a que en este precioso sitio los turistas hayan de mear en cualquier parte y menos donde desaguan los cholos", aseguran las aduladoras enalteciendo las arduas encomiendas políticas de la dama principal ¡Colosal cuestión resuelta, cauce costoso de orines y cacas extranjeros al Titicaca!; los miasmas de aquí, aparte, aunque luego se entremezclen en el estanque gigante -disueltos nadie lo nota ¡Enfoque universal de la problemática indígena indigente!, en efecto, sus excrecencias han de ser exiguas en razón a lo que digieren.
     A las puertas del templo, alineados de cara, los padrinos flanquean a los novios concluida la boda. Los parientes e invitados acuden a felicitar al matrimonio y en gracia pagana espolvorean de confetis multicolores sus cabezas. Me acerco y participo con la anuencia de los contrayentes -el pelo ralo aguanta pocos, los últimos caen alfombrando la plaza. La magnífica jornada soleada multiplica su brillo en la lluvia vistosa con que riegan de ilusiones volantes a los desposados. Los semblantes son de espera y de disfrute en el agasajo; la fresca timidez que el dolor aún no ha vencido evita el desahogo en los ojos de aquellos que ansían soledad de entrega; el gesto de los progenitores lo mantienen firme sus orgullos esenciales. Algo brota en el pecho por el favor del ambiente de manera semejante a las exhalaciones que se alzan de la Tierra al rebotar los rayos del astro dorado.
     La algarabía emprendió su curso en la mañana temprano. De los coches y camiones cuelgan cintas, adornos elaborados de papel plegado y molinetes relucientes que el viento hace girar. Es la fecha para la bendición de las movilidades -vocablo que usan en lugar de transporte. Los sacerdotes mojan con el hisopo las carrocerías, llantas y adentros; prometen protección del perjuicio de las carreteras y del mal de los demás. Unos rezan arrodillados delante de las cubiertas de caucho -raros altares en los que cabalgan deidades metálicas-, otros agitan cerveza y a modo de extintores la esparcen en sus propiedades rodantes ¿Ceremonia gentil?, ¿o son distintos los dioses a los que invocan?, nunca está suficientemente claro esto con estos mestizos. Por la esquina contraria del parque, dobla un desfile de matronas uniformadas -falda ajustada y chaqueta gris, tocadas con un gorro chato del mismo tono-, siguen a un estandarte que partió del Presidencial; detrás, una música estridente y marcial -banda de soldadesca en uniforme de camuflaje- y al frente de la afirmación, Elvira -la presidenta, con privilegio vivo por consorte prepotente no muerto y amiga de nobles en España. La misa sufrió el retraso característico de los inasequibles; en la prórroga, las benefactoras cantaron sus himnos. Los tambores y las trompetas se explayaron en la gala civil junto a los flamantes meaderos. El Indispensable gozó de las salvas y hurras de los jerarcas, y también declararon meritoria la labor de la esposa callada al lado de la obra realizada. Satisfechos por la incapacidad e impotencia de los que desprecian, dirigen solemnes, conformes a un espíritu paternalista. Al dorso del mediodía, estas sensaciones comienzan a componerse en recuerdos, es la hora de la marcha hacia Puno -ribera peruana.