De Argentina a Chile
a la grupa sur de los Andes


Debo comenzar por confesar que mis conocimientos acerca del Nahuel Huapí eran muy cortos: unas pueriles estampas desvaídas y unas breves reseñas componían mi equipaje documental cuando apresé, de las ráfagas de la duda, la decisión de llegarme tan al Oeste de la República Argentina. Resulta magnífico el navegar suave por el enorme cuerpo del lago tendido torso abajo y escoltado por sus márgenes, descubrir sus brazos líquidos que se estrechan y adentran más allá en la tierra y saciar de paz el alma en la vastedad del boscaje que, quieto, corre erguido a beber en sus orillas azules. Me cautivaron el donaire de los cormoranes, el plumaje y el pico de los gansos salvajes ¿podré olvidar el espectáculo del esplendor al extender la mirada desde la cubierta del catamarán a la bóveda de aquel cielo de aspecto parecido al del agua?, ¿y la maravillosa libertad de las bandadas de gaviotas en pleno vuelo?, acuden a pillar los trozos de galletas que sostengo en la mano. En la isla Victoria, visité el centro de investigaciones forestales y perseguí el efecto óptico de la plantación planificada de pinos -pensé que la naturaleza no entiende de ese orden, y sin embargo lo atiende-; hace mucho que el rico Anchorena diseñó esta geometría vegetal, con la intención de abastecer la voracidad del monstruo que traga madera -del pionero quedan el título del embarcadero y las trazas de su aserradero. El arbusto de la rosa mosqueta se introdujo -nadie sabe a ciencia cierta por quién ni cómo- en este microcosmos, y hoy predomina su vagabundo rojo donde el temperamento de la creación no lo previó. El salmón y la trucha que nadan a sus anchas por debajo de la superficie dulce también los trajeron de lejos.
     Al principio de la última noche en Bariloche, nos fuimos con Irma a cenar -a la ida y a la vuelta se atraviesa el río Limay. La guía accedió a la invitación encantada; es su manera -supongo- de agradecer nuestro gesto que alivió el mal momento propinado por un energúmeno; asimismo -imagino- la débil mujer aceptó porque la maltrecha economía en que agoniza su clase media así se lo aconsejó. Antes de que el sueño triunfara del cansancio, recorrimos en acción de despedida la calle principal de la ciudad establecida sobre una morrena; a esa altura del oscuro, la iluminación eléctrica de las innumerables tiendas que traspasa sus puertas acristaladas despeja el sombrío glacial. Prolongamos adrede el paseo y discutimos la conveniencia del privilegio de sobrevolar la gigantesca espina dorsal que vertebra al subcontinente; la idea de asomarnos al vecino país andino por "La ruta de los lagos" se nos presentó al modo de una hembra demasiado arreglada, turística y desmesuradamente cara; la alternativa que habitualmente usan los chilotas -epíteto despectivo con que nombran los de este lado a los emigrantes procedentes del envés de la cordillera- nos pareció la elección de mayor interés para alcanzar Chile. Ya en la madrugada entrante abandonamos el frío afuera del autobús que cruza el fenomenal plegamiento.
     La nieve del invierno austral había tomado posesión de las crestas y hondonadas de los valles, y su blancura esponjosa recubrió de extrañas formas las ramas de los árboles. Vencidas por el peso gélido asemejan las extremidades de espantajos erectos en el paisaje inmaculado y poco hospitalario. Como el asfalto de la carretera igualmente escondió su semblante bruno bajo el color resplandeciente, el rodar cedió un lugar al riesgo en tales condiciones ¿no escupió acaso el pasaje resbaladizo su venganza y obligó al transporte a salir del trayecto en tres ocasiones? En aquellas oportunidades, a la incertidumbre en la espera del auxilio, la huelga del personal de frontera llevó a nuestro espíritu justo al quicial de la ansiedad. Aterido, arrojé cada vez por la ventana mi impaciencia y entretuve el arribo del socorro masticando lectura. En la otra nación advertí un utillaje más moderno y superior preocupación dedicada a alejar el caos de la pista helada -¿el revés del desconcierto es la ley? La travesía abrió el descenso después de algunas horas, y la tranquilidad restauró mi ánimo al contemplar de nuevo en la mitad de la tarde las dóciles colinas, y reconocer la alegría con que el verde recupera su sitio adecuado en el panorama. Juntos -anduvimos compañeros-, el día -en su discurso monótono- y nosotros -a lomos del decurso accidentado- sentimos los ímpetus interiores agotados al final del viaje.
     A la mañana siguiente, en Puerto Montt, arrimamos la caminata hasta un rincón en el que los pescadores amarran sus barcas. De pie, admiré durante largo rato las elegantes evoluciones de un lobo marino que ejercitaba su peculiar gracia de emerger y bucear entre los cascos flotantes; las buenas gentes de los muelles les tiran el alimento que extraen de sus capturas -esfuerzo humano aplicado al refuerzo nutricio animal. Recuerdo el aire límpido, jamás consideré con anterioridad complacido su espacioso volumen: terso y transparente; los tonos de las vestimentas de quienes vi alongarse en los espigones reunían las propiedades de la luz y exponían decididos la nitidez de sus matices ¿no anoté en la libreta de bolsillo que el océano se viene manso al litoral? Al mediodía, allí en Angelmó, probé las exquisitas ostras, el curanto -centolla y hervidera de mariscos-; rescato en este instante del tiempo que evoco el penetrante olor de yodo, coló su exotismo en mis cuevas nasales y se adelantó a unirse, por detrás de la boca, con la comida molida -dotó de supremo gusto el festín. Del fondo de la figuración plástica del atardecer, distinguí el cono pálido del volcán Calbuco y recogí en la retina el avanzado retiro cíclico del Pacífico. Noté entonces al vigor de la jornada cejar al empuje del viento; su hálito álgido persuadió mi empeño de continuar anclado en la conclusión del inmenso salado. El sol derramó espléndidamente su fatiga al poniente, y selló con su orgía de tintes el cumplimiento de su compromiso periódico con esa parte límite del mundo.