Encuentros y reencuentros en Buenos Aires


Frente a la Casa Rosada, confundí mi andar con la ronda infinita de las Madres de Mayo; estas mujeres, a quienes la dictadura militar confiscó hijos y nietos, reclaman los cuerpos queridos de sus desaparecidos, vivos o muertos -reinciden los jueves en la plaza principal. La denominación del movimiento que las mantiene describiendo círculos mudos la toman del parentesco, y de cómo se conoce a la explanada que comienza en la fachada del Palacio de Gobierno. Lloran sin límite hacia adentro de cuando en el otoño de la razón el mando sembró en miles de primaveras la demencia de persecución y exterminio "¿Por qué vienen aquí?", inquirí, "es que si no nos oyen ¿de qué forma harán justicia?", me contestó una esposa del dolor a quien interrogué, y, sin embargo, la respuesta que obtuvieron a su amargura fue casi siempre el silencio ¡Cuánta congoja se resguarda en las sombras de aquel recinto abierto! En la era del miedo, el gentío exteriorizó su escarnio y concurrió al sitio con el ánimo de descabalgar a Galtieri, pero semanas más tarde -al principio del asunto de Las Malvinas- regresó para vitorear al dirigente. Sin vacilar, el astuto general equivocó su nación con un cuartel, y torció en su favor las pasiones de un pueblo angustiado por su fenomenal debacle económica, ¿acaso no organizó, con alevosía, la guerra de un país del Tercer Mundo contra una Primera Potencia del Mar? ¡Qué ironía aquella de remitir al desastre a soldados escasos de pólvora y pertrechados con proclamas, que inflaman únicamente el espíritu! Y luego, la democracia alfonsina trajo del brazo la ley del Punto Final -segó de un tajo, cara a los hombres, la responsabilidad de aquellos que apagaron la luz y propagaron la espantosa locura. Indiferentes a la enajenación de los jerarcas que soban y ensucian la sociedad, las señoras que cubren sus cabezas con un pañuelo blanco continúan en sus inacabables ruedas por las baldosas, insistiendo delante del Cabildo -allí se planeó la independencia- sobre el derecho que les asiste a disponer del pedazo evaporado de su familia.
     Paré un taxi y le indiqué El Retiro -estación terminal. Recordé que un cuarto de siglo más joven me asombró una huelga de ferroviarios porque en España y por aquellas fechas este tipo de manifestación era ilegal -a los totalitarismos no les agradan las masas sino en sus fiestas, ponen el apunte sarcástico y los cadáveres. El vehículo rodeó la Torre de los Ingleses -clavada en la Plaza Británica-; después de la humillación bélica, pocos gustan de llamarla así, y menos aún los angloargentinos; a pesar de los avatares que jalonan el pasado reciente de esta parte del cono sur, el reloj que observé en lo alto prosigue su viaje monótono e imperturbable al naufragio de las pretensiones del otrora empuje ahora debilitado. Afloró a mi memoria que el nombre de esta capital lo supe antes que ningún otro -lo garabateé hasta escribirlo correctamente en tiras de papel- animado por mi madre; ella me enseñó de esa manera a reseñar una seña postal, y mi primera carta, era obvio, debía enviarla a La Argentina. Comenté de mi intención de llegar a Béccar donde residen mis deudos paternos; la socarrona exclamación del chófer -¡lindo lugar!-, me obligó a comprender que por aquella esquina de la ciudad la tensión social retuvo por supuesto sus intereses, pero innegablemente perdió la batalla ¿Qué son, en realidad, estos suburbios? -me pregunté al apearme- ¿se trata de un mercado de fuerza de trabajo o de anónimos consumidores? Veo laborioso esgrimir una neutralidad en el quicio de la desoladora expectativa que lo invade todo ¿dónde la esperanza con que emigraron estos seres?, yace marchita -opino. Nadie nunca les echó en las manos una sola oportunidad, y a lo áspero de sus restricciones, se añade desde que fueron vencidos la añoranza del difícil retorno ¿Se erradicará algún día este montón de explotación y sobrevendrá la paz como patrimonio?, ¡vislumbro demasiados partidarios de dar marcha atrás a la historia! Mis tíos son gente cuya primordial alternativa ha sido luchar denodadamente a causa de su origen; quizá su descendencia emerja del marasmo, y ojalá se libere de los estereotipos y prejuicios que consolidaron quienes lo consiguieron con anterioridad. No cabe engañarse más: la imagen de rechazo que los de la mejor posición tienen de ellos los condiciona ¿Qué identidad poseen?, estimo que la del paisanaje, ya que del hondo del tiempo no extraen otra cosa que desconsuelo ¿es propiedad o préstamo?
     Si el sueño no logra derribar mis ganas de husmear en la noche, lo confieso, suelo recalar por el barrio de San Telmo; ¿el motivo?, me atrae su atmósfera bohemia y marginal. En cualquier local -los conté por decenas- tiro las horas encima de la madrugada mientras apreso la nostalgia de su ambiente ¡Me encantan sus artistas sin fama apostados en la decadencia!, ¿no acentúan el clima de las desdichas al arrastrar sus voces por los tangos? Esa melancolía me acerca sin remedio a los años de mi infancia -en la niñez descubrí ese modo de cantar- y recupera del ámbito de la anécdota la vieja gramola del rincón -con sus notas sentidas, mis padres substrajeron algún descanso a su cotidiana ocupación en la farmacia. Recorrí por aquella época largos ratos absorto en la tristeza peculiar de sus letras y hechizado en su característico ritmo juguetón. Hoy hace mucho de aquel entonces, y a fuer de sincerar íntimas turbaciones, dejo bien claro que su cadencia revolcada y su prosapia de arrabal arrebatan en estos instantes de penumbras mis bajos fondos. Jamás admiré un baile tan sensual. La pareja desata en los arranques sinuosos del bandoneón una erótica agresiva; sin duda, el macho domina, pero también la sexualidad de la hembra a cada vuelta arriesga su talante decidido. Me entusiasma el plante masculino que es de guapo nacido en las afueras; distinguí incuestionables los atributos con que la fémina, vestida de rojo, corto y ceñido, arma su empeño por apremiar al compañero del escenario ¿no merece que la estreche con ardor en un paso, la suelte seguro de sí mismo y repita agarrando su talle al giro siguiente?