En el extremo del mundo
escuché un concierto en fuego sostenido


El pequeño avión de LADE rueda sobre el aeródromo de Calafate, una tempestad de polvo esparce sus hélices por el aire, las gentes de abajo tuercen sus brazos alrededor de las cejas, cubren los ojos de amparo y tratan de aguantar la seca y gélida turbulencia, turbia. El panorama es precioso, la líquida tranquilidad del Lago Argentino, azules atrapados en témpanos, rotos más arriba, son desgajaduras del glaciar Perito Moreno y las nieves al fondo, en las crestas, hacia los Andes. Grandioso terreno plegado entre dos países recostados en su largo dorsal, colosal costurón que fija el continente entre dos mares diferentes. Atrás queda, en el vuelo, el estrecho de Magallanes, viene Tierra de Fuego. Ushuaia, al borde inmediato del Canal de Beagle, es una ciudad en crecimiento veloz, en otra época fue tristemente famosa la penitenciaría de confesos olvidados, son muros mudos por el dolor y la angustia que padecieron unos irredentos. En el crepúsculo en que el sol rinde su sueño al día, un cielo turquesa de rojos en jirones apaga lentamente la blancura que señalan cimas de montañas y las altas laderas; de pie en la barandilla exterior del Hotel Las Lengas, agoto momentos de perfección envuelta de luz extraña en latitudes extremas. Disponen el asado, a la manera de ellos, rajado el animal y expuesto en cruz de hierro frente a las brasas, en coro redondo es danza quieta, su canto es crepitación de leña en llama, transformado de calor y fulgor en sabor delicioso; mientras, el aguanieve entripa la hierba y corre por los cristales incesantemente. El clima inclemente hace más paciente el almuerzo, hablamos de cosas diversas entreteniendo el manjar, es hurto de gusto en la boca, satisfacción de espera.
     De la población india, los Onas fueguinos exiguamente evolucionados, resta poca cosa. La aparición del hombre civilizado trajo costumbres nuevas que ellos no entendieron jamás, como la propiedad sobre las bestias y la tierra. Ignorantes de límites en la persecución del alimento -la caza era ya de otros, extranjeros-, ésta fue así robo; hostigados y maltratados, sin opción, murieron. Eché un vistazo a unas instantáneas defectuosas de grupos indígenas, medio borrosos; el tiempo ha sustraído perfil a la técnica del recuerdo que detuvo segundos de entonces, cuelgan amarillentas en el Museo del Fin del Mundo, junto a mascarones de proa y alguna que otra osamenta, maderos de nave y unos nombres épicos.
     Del puerto volcado sobre el Canal sale un barco de recreo, resiente su casco en agua agitada, es agua de paso, entre océanos vastos que se expanden en sus dos embocaduras, monstruo chocante de doble abertura, tragantes de salitre helado, convulsiona al pasaje agarrado a los mostradores y barandales. El viaje rodea islotes de roca dura, embestidos de oleajes, la lluvia fina e hiriente dificulta la contemplación de los lobos marinos que suben y bajan de las piedras planas a la corriente y de la superficie encrespada al firme lavado. Las gaviotas con sus chillidos incrementan la sensación de soledad inhóspita del paraje, revolotean en amplios recorridos a la captura de comida, retornan fatigadas de tanto viento mojado, dulce y salado, callan. En la mesa, una hembra sensual y negra de un Curaçao distante solaza el regreso, el espectáculo de afuera, ido, mudó adentro; a la emulsión fotográfica le impresionó su mano enfundada en guante celeste de seda anillada al asa de una jarra blanca de cerveza, su semblante bruno es naufragio casi absoluto en aquel interior.
     Me viene a la memoria un concierto en Ushuaia, la joven concertista descifra en la atmósfera las partituras. Sus manos gigantescas, acusadamente desproporcionadas a la escasa estatura encorvada, progresan con precisión y maestría, suena Mozart. Una señora de avanzada edad permanece sentada, tiesa, en ángulo recto sigue el espaldar de la silla, vuelta hacia los oyentes acompaña a la pianista ciega en el escenario de una escuela pública. De cuando en cuando, persigue sus facciones, escruta mensajes en lo inexpresivo; una de la otra son prolongaciones vitales, como extensiones de
una idéntica existencia hilvanadas en el paseo armónico de aquellos dedos enormes por los caminos de teclas blancas y de las teclas negras, anónimos en la claridad, iluminados en su mente. Su alma se revela sublime en el lenguaje de las notas, todo el manantial de riqueza oculta aflora y se difunde por el espacio del recinto, exalta sensibilidad e inunda los espíritus. Después de la ejecución de cada pieza se levanta a tientas de la banqueta, alguien le acerca un folleto lleno de protuberancias codificadas que su tacto lee, y explica, así, algo de su próxima interpretación. La pareja de mujeres irradia en el ambiente una abundante y rara savia penetrante: la profunda interdependencia. Un casual juego de focos eléctricos proyecta sus cuerpos sobre una pared lateral, la madre estoicamente rígida en su misma sombra amamanta el inarmónico vaivén oscuro del rostro de su hija, virtuosa y deforme. Succión constante, extenuante, es comunicación brutal y elemental del nervio que arrastra ansia de vida en el arte. Conversé con ella al término del programa, el andar era pesado y bamboleante, sus piernas habían sufrido quebranto en la niñez; su fealdad, su fealdad física, reserva un encanto fantástico a despecho de movimientos desacompasados e inoportunos. Belleza, auténtica belleza exquisita de genios indomables, conscientes de la real y dramática restricción que sus corajes asombrosos, de un modo tan insistente, han obviado, rebasado. Es concreción de lo que tantas veces había imaginado, la irresistible fuerza titánica de superación, el ser humano toca entonces con la yema de sus dedos la barriga de los dioses. ¿De dónde proviene tanta energía, tanta decisión practicada, tanto escudriñar el cauce adecuado para manifestar el inmenso magnífico que se refugia en su fuero más interno?, o ¿es quizá que lo atrayente se fue creando en su secreta intimidad por esa lucha tenaz contra su naturaleza averiada?; es duda infinita, ¿es lo bello anterior a su búsqueda, o se gesta en el alcance del deseo de ser intrínsecamente hermoso? En cualquier caso, no es más relevante saberlo que sentir, prepararse y vivirlo conforme a ese anhelo. Detrás, siempre detrás, incondicionalmente presente, la vidente recia es testigo activo en la desesperada batalla ante un destino cruel, con voluntad sólida, terriblemente inflexible para vencer, para amar: oración de ternura sobre poso amargo. Ushuaia.