Al norte de Argentina:
unos seres olvidados en un paraje ignorado


Sólo unas horas paramos en Posadas. Es una ciudad de río, sin apenas movimiento de barcos que naveguen por la vena líquida hacia el sur o en su contra -al frente, otra nación- mojada frontera cambiante, reemplazada por más agua, que acude y empuja a la que antes separó. No crucé jamás esa corta distancia móvil más que con la mirada y la evocación de mi estancia de hace un año en Encarnación. Fue otro viaje, otra experiencia diferente, otra búsqueda por mis propios interiores, en otra compañía dialogante, de más adentro, íntima. El Paraná violento, más arriba, muestra aquí un vigor agitado, conforme con su cauce renuncia a más anchura, obedece a los márgenes y continúa más abajo. El asfalto prolonga su curso, el autobús se detiene en todas partes, son descansos agradecidos en el dilatado trayecto, el barro colorado trastorna el negro del calzado, es color ardiente en el atardecer lento -tuve una exacta sensación en Paraguay. Inconfundible la naturaleza divulga su don continental insensible al hombre confundido que linda sus dominios, extraños a la belleza. De noche es la última parada, Corrientes se descubre a dos ríos en huida. Es tanta el agua confluida que a la población de la otra orilla le pusieron el topónimo de Resistencia. La historia habla de otras razones, a mí me gusta idear las corrientes sabiamente conducidas y la resistencia a la avalancha incesante como argumentos apropiados que transmutan a los ríos Paraguay y Paraná en arteria acuosa que con posterioridad bordea Rosario.
     En el Hotel Turista, cerca de la Costanera, conciliamos el reposo merecido de tanto rodar, agotados de lectura en ruta, ebrios del paisaje lujuriante, testigos de río, de ríos, de lechos que se vuelven uno; amenazados de tanta agua, dormimos. Supe de un asentamiento indio al noroeste, conversé con quién fuera para averiguar el modo de ir. "No es fácil", repetían a cada instancia y nos ojeaban desconcertados por nuestro interés, son infelices y es materia olvidada, me dije. Decididos, compramos un billete aéreo para Formosa, a unos doscientos kilómetros al norte. Una vez allí, nos informaríamos. Mientras, negociamos el alquiler de una avioneta, el importe lo evaluamos excesivo, discutimos extensamente, primero en la ciudad y luego en el aeropuerto, no había manera humana de hacerles aminorar el precio: éramos presa sencilla de captura, supongo, debido a la persistencia manifestada y a la preocupación por lo despreciado. Justo en el momento de la facturación retoman la transacción, las garras se aflojan y la tarifa se suaviza rápidamente, noventa dólares por la ida y el regreso con dos pilotos, incluida la permanencia que queramos, un regalo. Media hora más tarde el pequeño transporte con los cuatro ocupantes corría por la pista, había prisa por recalar en Formosa para repostar, su módica autonomía en el aire requería ese salto; bajo los cúmulos, el aviador se orienta por la línea rojiza trazada en el Chaco, recta. La carretera longitudinal corta la exuberante vegetación como si se tratara de un ensayo geométrico imaginario en el gabinete alejado de un teórico. El autobús allá abajo, se ve minúsculo, rondando por el ocre, rodeado por el verde, arriba en la medianoche maltratado, oculto en lodo de pantanos que atraviesa, odisea infernal en el infierno marginado. El crepúsculo progresa, impacienta la claridad que deserta, no es posible aterrizar a oscuras en Ingeniero Juárez y el combustible para el regreso está retenido en una garrafa de plástico tras nuestro asiento; sobrevuela el poblado, localiza una planicie con animales pastando, la sobrepasa rasante para espantarlos y en al próximo giro aterriza.
     El ocaso, indiferente a nuestros destinos, rinde su dominio a las sombras, amarran la avioneta a las estacas que clavan en el suelo, mientras un reguero de chiquillos semidesnudos ahoga nuestra llegada en sus caras asombrados de ojos bien abiertos. Un policía con fusil terciado nos interroga sobre el fango rodado, por unos australes promete vigilancia innecesaria, allí no roban, únicamente el tiempo les pertenece. Marchamos en tinieblas, nos consideran en silencio, insuficientes bombillas iluminan tímidamente cuartos humildes de ilusiones apagadas. En la comisaría sin comisario mostramos los pasaportes, un soldado breve de estatura, sucio y reconcentrado en su mutismo nos juzga con desdén de autoridad cretina, nos demoramos no sé cuánto, se me figura que fue una espera interminable por la otra jerarquía enfundada en su pésima chaqueta de cuero prieto. Más preguntas, más espera, aparece el mandamás lamentando que no puede serlo, cuenta que hace una semana ha matado a dos individuos en Salta y el de la facultad competente le ha aislado del cargo. Encierran a un desgraciado borracho en una pocilga que llaman cárcel. "¿Qué desean ustedes?" interpela el superior procesado, es la cuestión redundante desde que caímos por sus feudos, cito nombres que oí de gente influyente en Corrientes y en Formosa, estimo que tranquilizo el ambiente, nunca conocí a tales personajes, pero la magia de sus poderes hace efecto; insisto en que el fondo que nos ha traído es enterarnos de sus costumbres, creo que lo aceptan, aunque les obsesiona quién o quiénes costean los pasajes, si disponemos de dinero y de cuánto, no indagué cuál era su intención, ni ganas.
     A la mañana siguiente por los derroteros polvorientos, izando torbellinos de tierra, se acerca veloz un coche azul, frena bruscamente en la gasolinera donde encontramos hospedaje nocturno sobre camastros de dudosa limpieza. Su apariencia es menuda y sus gestos nerviosos, hablamos en el comedor con la monja católica de su labor entre esas criaturas reducidas al espacio asignado: son los indios Toba y Wichi. Su avanzada edad no dificulta la energía arrolladora, entregada por completo y por amor a la tarea reparadora de tanto daño hecho, pagadora de la cuenta inextinguible que otros exigieron. Con presteza nos presenta aquí y allá. Su esperanza regeneradora es llave que abre puertas al hallazgo intraducible. La miseria de aquellos seres reúne sosiego de la grandeza impregnada de ternura de su rostro amable, pulcro, sin fracturas, ajeno a facturas. Con ademán quebrado, los asentados ansían acertar con la dignidad de sus ancestrales postergada, cantan las angustias del alma: los padres, de día, renuevan su dolor; de noche, las madres amamantan a los hijos de la pena en la succión de su tristeza. Enfático, un anciano harapiento recuerda las hazañas de su abuelo, un Jefe indio -de cuando los indios tenían jefes- ¡pobre Jacobo, ya esos períodos pasaron, a tu pueblo lo rige hoy un comisario suspendido! El derecho histórico es el derecho del más fuerte y tu raza fue vencida. Las maestras son del lugar, escasean por sus recursos muy limitados y los esfuerzos desmedidos que reclama su promoción, conciben que a ímpetus de ladrillos, construyendo escuelas, renuevan confianza en el despertar de su
linaje. La enseñanza es bicultural y bilingüe. A la cultura dominante y avanzada que edifica sobre estas ruinas le parece que ese afán es saber de prójimos atrasados, es una humillación que se les antoja trivial, asunto de circunstancias. No es factible tanta negligencia como tesis de abandono, asemeja más bien inteligencia; en ese pozo hondo, se atragantan hasta los discernimientos más elementales. Significativamente, nadie emergerá, en absoluto.
     El almuerzo en casa de Sor Ángela resulta entrañable, habla y ríe sin atajarse, de armazón recio e instruido rezuma auténtica alegría, dedicada enteramente a una labor tenaz, no aguanta sentada por mucho rato, organiza en cada segundo lo preciso; transcurre el tiempo entre cuentos, rememora con nostalgia su Huelva natal, el mar y la luz y a los de sus idénticas entrañas andaluzas. Su espíritu alienta siempre un ideal no demasiado inverosímil en una época sin Ideal. No propina alegatos fuera de la vida sobre el dar y el recibir, en el instante matemático en el que consuela consigue la calma, de esta forma las acciones no rompen la vivencia en recompensa. Nos obsequia -persevera- con una cazuela de mate y unos collares artesanos de trocitos de madera y de pepitas de fruta para nuestras esposas. Me apetece guardar algo más característico y le pido su cenicero de vaciado en palo santo, premia mi sinceridad y lo envuelve -sostiene ahora mis cigarrillos humeantes en las largas horas de estudio. De cuando en cuando, al verlo, pienso en esos indios sin sino que acechan la nada agazapada detrás de todo, en aquellos parajes fantásticos ignorados y en la mujer colosal que se postra ante ese mismo todo con ánimo de gigante, diminuta. Montados en su automóvil, un cuatro latas, seguimos de cerca los baches del camino que nos dirige al campo de aviación improvisado. Los aviadores aguardan, otras personas se arriman. Es despedida de protagonistas imborrables hasta ayer secretos, la avioneta ronronea, levanta el vuelo y entre las nubes escapamos. Extendidas sobre el Chaco las llagas perduran expuestas al sol.