¿Para qué sirve viajar? Piénselo. Puede usted recolectar recuerdos de piedra, cobre y barro y almacenarlos festivamente en su gabinete. Puede hacer mil setecientas fotos. Puede enviar postales probatorias a sus amistades. Puede recorrer sin misericordia todos los museos, criptas y termas que vengan en la guía bilingüe. Puede hacer todo esto y no ganar gran cosa. O puede cambiar de juego, como Octavio Santana, y viajar a fondo, caminar con los ojos muy abiertos, respondiendo cada vez a la pregunta clave, ¿quién soy yo, aquí y ahora?

Esta vez Octavio Santana va de Túnez a la India, pausada pero incansablemente. Habla de los lujos de los sentidos, de oro y la púrpura, del café y del té, de gentes viejas y nuevas, vivas y muertas: de montañas, desiertos, mares, minaretes y torres. En este libro se ve su memoria férrea, empeñada en registrarlo y despedazarlo todo, capaz incluso de reconstruir espectáculos perdidos, sal disuelta en el agua de la historia. Porque han pasado milenios, han cambiado los hombres, las ideas y los dioses, Octavio salta de un tiempo a otro, enhebrándolos todos en su cabeza y escribiendo luego su traducción particular de la realidad.

Al fondo está la suave seguridad de que la casa y el patio siguen en su sitio, aunque el planeta gire inesperadamente y haga extraños. Y, sobrevolándolo todo, una defensa encendida de la inteligencia y del trabajo perpetuo de entender el mundo, de cavar túneles hacia dentro y hacia afuera, que más que un trabajo es una pasión.